Del diario
9 de julio de 1888
Blackwood me contó esta mañana lo que llevaba días ocultándome, sin que yo tuviera que preguntárselo otra vez.
La vela se había consumido casi hasta la base sin que él hubiera cerrado los ojos en toda la noche; lo supe por el modo en que la luz gris le marcaba las ojeras cuando aparté la cortina. Llevaba dos semanas evitando mi mirada por las mañanas, inventando encargos urgentes que lo sacaban de la casa antes de que yo bajara a desayunar, y yo había aprendido a interpretar ese silencio sin nombrarlo, temiendo que insistir lo hiciera retroceder aún más. Esa madrugada, sin embargo, no buscó ninguna excusa. Permaneció quieto, con las manos entrelazadas hasta que los nudillos perdieron el color, mirando un punto de la pared que no existía.
—Llevo dos semanas soñando con esa figura —dijo, sentado en el borde de la cama—. Aparece en la biblioteca y se acerca un poco más cada noche. Anoche extendió la mano hacia mí. Desperté antes de que me alcanzara.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque decirlo en voz alta significaba admitir que lo que mi abuela temía ya había empezado. La frase que viste en mi escritorio era sobre esos sueños. Y porque, Elara, si esto es lo que creo que es, no sé cómo pedirte que te quedes a mi lado.
No le ofrecí una certeza falsa. Aparté la cortina para dejar entrar la primera luz del alba y me senté frente a él con la disciplina que empleo ante cualquier problema sin nombre.
Guardé silencio más tiempo del que hubiera querido. No fue que dudara de lo que sentía; fue que sus palabras pedían algo que en años nadie me había pedido de ese modo: no protección, no promesas, sino permiso para tener miedo delante de mí. Comprendí entonces que la distancia de las últimas semanas no había sido indiferencia, sino la forma más torpe que él conocía de intentar protegerme de lo que se avecinaba, aun a costa de protegerse a sí mismo de decirlo en voz alta.
—Entonces lo investigaremos juntos. Registraremos los sueños, volveremos al Códice y compararemos cada caso de tu familia. No sé si existe una forma de detenerlo. Sí sé que no pienso llamarlo sentencia antes de haber agotado todo lo que podamos comprobar.
—Hablas como si el método pudiera resolver algo que mi familia ni siquiera ha conseguido nombrar en generaciones.
—Hablo como alguien que se niega a rendirse antes de intentarlo.
Blackwood no respondió de inmediato. Vi algo ceder en su expresión, el mismo gesto de un hombre que ha cargado solo un peso durante tanto tiempo que ha olvidado cómo se siente compartirlo. Cuando por fin habló, la voz le salió más baja, casi irreconocible.
—Nadie más me ha ofrecido eso.
—Entonces empezaré yo —respondí.
Le tomé la mano. No teníamos una solución, pero por primera vez él no estaba solo con el miedo y yo no estaba sola con las preguntas.
Desayunamos casi en silencio, cada uno rehaciendo a su manera la conversación que acabábamos de tener. Cuando subí al estudio, Blackwood prometió reunirse conmigo en cuanto despachara la correspondencia de la mañana.
Pasé el resto de la mañana ante el retrato, agradecida de tener una tarea concreta mientras ordenaba lo que Blackwood acababa de contarme.
Durante semanas trabajé solo sobre zonas cuya pintura había dejado de levantarse. Probaba una cantidad mínima de solución, la retiraba de inmediato y esperaba a que la superficie secara por completo. Aún quedaba una franja de hollín bajo el ojo izquierdo; mientras permaneciera allí, las facciones seguían partidas.
Esa tarde decidí terminar esa última franja. No fue impaciencia, sino que dejar incompleto algo que sí estaba en mis manos resolver se había vuelto insoportable después de lo que Blackwood me había confesado esa madrugada. Preparé la solución con más cuidado del habitual: un error en esa zona podía perder para siempre lo que aún quedaba oculto bajo el hollín. Blackwood entró al estudio poco después del mediodía y se sentó junto a la ventana con un libro que nunca llegó a abrir; supe, sin que lo dijera, que había venido a acompañarme y no a leer.
Trabajé sin levantar la vista más que para mojar el pincel. La franja de hollín que quedaba bajo el ojo izquierdo era apenas del ancho de dos dedos, pero se resistía más que el resto del lienzo, como si el tiempo hubiera decidido guardar esa parte para el final. Aplicaba la solución en trazos mínimos, esperaba a que reblandeciera la suciedad, retiraba con el algodón y volvía a empezar. Cada pasada revelaba una esquirla más de color debajo: primero una sombra rosada que podía ser piel, después el arco oscuro de una pestaña. Apoyé la muñeca contra el borde del bastidor para que el pulso no me traicionara.
Terminé la última franja del rostro esta tarde. Dejé los instrumentos, retiré la lupa y llamé a Blackwood antes de apartarme por primera vez lo suficiente para mirar el conjunto.
Por un instante no miré. Mantuve los ojos en la punta de mis propios dedos, manchados de disolvente, postergando lo que llevaba semanas deseando ver. Blackwood se colocó a mi derecha sin decir nada; sentí su respiración detenerse antes que la mía.
Alcé la vista despacio, como quien teme que un movimiento brusco deshaga lo que tanto costó revelar. Primero distinguí la línea de la mandíbula, firme bajo una piel que el tiempo y el barniz habían amarillecido pero no deformado. Luego la curva de los labios, apenas entreabiertos, como si la mujer del retrato hubiera sido sorprendida a mitad de una frase. Después los ojos: grandes, de un verde que el pigmento apenas lograba insinuar bajo capas de barniz oscurecido, mirando hacia un punto fuera del lienzo con una atención que no correspondía a ninguna pose formal.
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Editado: 03.09.2026