Elena volvió a las fotografías de Hollowmere para comprobar una idea que no había conseguido apartar desde el chispazo. Buscó la imagen en la que Adrian sonreía hacia la cámara, con la mano casi cubriendo el objetivo. La fotografía había sido tomada meses antes de que su palma herida tocara la muñeca de él. Aun así, la mano había quedado enfocada lo suficiente para distinguir el lunar oscuro que ahora sabía buscar.
Amplió la imagen con dos dedos y comparó la curva con la fotografía del dibujo de Elara. No estaba descubriendo la marca: estaba verificando cuándo había aparecido.
La espiral ya estaba allí.
Antes de que pudiera decidir qué significaba, sonó el teléfono. Reconoció el número de la asistente de Mark Sinclair, quien se disculpó por la cita fallida de semanas atrás y confirmó que el coleccionista podía recibirla esa tarde, dentro de una hora, en su casa de las afueras.
Elena envió a Adrian la dirección mientras cerraba el taller: «Sinclair puede recibirme en una hora. Voy para allá. Te comparto la ubicación y te espero allí. Avísame si alcanzas a llegar. Ya sé, ya sé: no debo ir sola :D». La respuesta apareció antes de que bajara las escaleras: «Termino una llamada y salgo. Avísame en cuanto llegues».
Sonrió a pesar de las prisas, guardó el teléfono y salió hacia la mansión de Mark Sinclair. La fotografía de la espiral seguía abierta en la pantalla, como una prueba pequeña y obstinada que se negaba a permanecer separada de todo lo demás.
Mark Sinclair era más joven de lo que Elena había imaginado durante las semanas de correos. Rondaba los cuarenta, vestía con una precisión casi excesiva y hablaba con la energía rápida de alguien acostumbrado a administrar demasiados intereses al mismo tiempo.
—Lamento de verdad lo ocurrido con la primera cita —dijo, conduciéndola a un salón de consulta con control de luz y varias obras sobre soportes—. Mi asistente cruzó dos agendas y usted terminó esperando bajo la lluvia. Cuando revisé su mensaje y las imágenes que envió, comprendí que debía recibirla personalmente.
Se detuvo cuando la claridad lateral alcanzó el rostro de Elena. La cortesía profesional desapareció poco a poco, sustituida por un asombro que intentó contener sin conseguirlo.
—Perdone que la mire así. Se parece usted de un modo que me está costando procesar. En un momento lo comprenderá.
No la hizo esperar. Abrió una puerta de seguridad y pidió a su asistente que desplazara un bastidor desde el sistema de almacenaje hasta un caballete acolchado. Retiraron juntos la cubierta rígida, sin rozar la superficie pictórica.
El retrato mostraba a un caballero con un anillo de plata en la mano y un hilo rojo cruzándole el pecho, interrumpido justo a la mitad. Bajo el barniz envejecido, el mentón, las cejas y la forma de los ojos pertenecían inconfundiblemente a Adrian Cole, aunque el bigote y el cabello castaño lo devolvieran a otro siglo.
Elena dejó de respirar. No fue una metáfora: durante varios segundos el cuerpo se le quedó suspendido, sin recordar qué debía hacer a continuación. Había pasado meses leyendo coincidencias, discutiendo fechas y obligándose a no convertir semejanzas en certezas. Nada de eso la había preparado para encontrarse con el rostro de Adrian mirándola desde una pintura de más de doscientos años.
—Lo compré hace diez años en la dispersión de la colección Ferris —explicó Mark—. El catálogo lo titulaba «Adrian Ashworth, 1798», pero no mencionaba al autor. El número de tiza del reverso y una etiqueta fragmentaria permitieron reconstruir parte de la procedencia. La descripción del hilo decía que había formado parte de una pareja.
Abrió una carpeta y colocó junto al caballete una reproducción de un inventario antiguo, una factura con el membrete casi borrado y la copia de una declaración conservada en los archivos del condado.
—Después encontré esto. Tras el incendio de Hollowmere, los Ashworth que sobrevivieron abandonaron la propiedad y no volvieron a ocuparla. Durante meses saquearon las ruinas restirando muebles, metales, marcos y pinturas. Algunas piezas fueron vendidas por intermediarios locales antes de que nadie levantara un inventario completo.
El dedo de Mark se detuvo sobre una línea de la declaración.
—Aquí se menciona «el retrato del señor Adrian Ashworth, sin daño visible, con anillo de plata». Y esta factura registra su venta dentro de un lote adquirido después por un antepasado de los Ferris. El número del reverso, las medidas y la descripción del hilo coinciden. No lo rescataron para la familia: lo sacaron de Hollowmere y lo vendieron.
Elena volvió a mirar el rostro pintado.
—Entonces sí es Adrian Ashworth.
—Es la identificación más sólida que puedo sostener con documentos. El parecido con el señor Cole es otra cuestión, y prefiero no fingir que sé explicarla.
Elena oyó las palabras sin conseguir retenerlas. Adrian ocupaba el centro del lienzo, serio y desconocido, con el hilo roto sobre el pecho.
Su asistente acercó un segundo caballete. El lienzo era algo menor y conservaba bordes quemados, estabilizados en intervenciones anteriores. Mark colocó entre ambos una carpeta con informes de condición, fotografías del reverso y copias de catálogos, pero Elena apenas miró los documentos.
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Editado: 03.09.2026