El Hilo Rojo

Capítulo 35. La niña tragedias.

Vivió el trayecto en fragmentos: el taxi detenido frente a la verja, la dirección del hospital repetida dos veces, los retratos todavía abiertos en el teléfono y las manos demasiado torpes para escribirle a Priya. No pensó en la Tejedora ni en los Deshilados. Pensó en Adrian intentando ponerse el abrigo para llegar hasta ella y cayendo antes de cruzar la puerta.

En la sala de espera de emergencias encontró a los dos parientes paternos de Adrian que aún veía con cierta frecuencia: su tía Margaret y Robert, el esposo de esta. Elena había convivido varias veces con ellos desde Kingsmere y reconoció de inmediato el agotamiento inmóvil de quienes llevaban demasiado tiempo esperando noticias.

Margaret levantó la vista. La rigidez habitual de su gesto se convirtió, al reconocer a Elena, en algo más áspero que la fatiga.

—Tú otra vez —dijo, sin intentar suavizarlo.

—Margaret —la reprendió Robert. La advertencia llegó demasiado tarde para recoger las palabras.

—¿Perdón? —preguntó Elena. Todavía tenía el pulso acelerado por la llamada y la paciencia reducida a nada.

Robert se levantó y le indicó con una mano que se apartaran unos pasos. Margaret permaneció sentada, abrazándose a sí misma y mirando la pared como si allí pudiera aparecer una respuesta que los médicos todavía no tenían.

—Discúlpala —dijo Robert en voz baja—. No está en su mejor momento y no pretendo justificarla. Lleva años llamándote, en privado, «la niña tragedias». Es cruel. Pero cada vez que Adrian ha sufrido una pérdida, Margaret ha encontrado tu nombre cerca y ha convertido su miedo en resentimiento. Hoy dijo en voz alta lo que llevaba demasiado tiempo alimentando.

La niña tragedias.

El apodo quedó suspendido entre ellos. Elena miró a Margaret, pero ella seguía de espaldas, con los ojos clavados en la pared.

—No debí volver a buscarte —dijo Adrian junto a su oído.

Elena se volvió.

No había nadie detrás de ella. Robert continuaba hablando, aunque durante unos segundos las palabras dejaron de alcanzarla. No supo si había escuchado realmente la voz de Adrian, si el cansancio había convertido un pensamiento en sonido o si algo había encontrado el único timbre capaz de volver una crueldad insoportablemente íntima.

Las piezas se ordenaron con una rapidez que no parecía suya: Barnaby, muerto la noche en que se tomaron de la mano por primera vez. La plaza en el equipo de remo, perdida después de que Adrian pasara con ella la víspera de las pruebas, celebrando su cumpleaños. Su madre, víctima de un aneurisma mientras él besaba a Elena después de la fiesta universitaria. Su padre, muerto la tarde en que Adrian había ido al taller con flores para reconectar.

Y ahora aquello: fiebre, convulsiones y pérdida de conciencia apenas dos días después del beso con el que ambos habían dejado de fingir que su historia podía seguir llamándose amistad.

Cinco.

Cinco momentos en los que la cercanía y la tragedia habían quedado unidas. Elena sabía que una secuencia no demostraba una causa. La doctora Vance lo había dicho. Ella misma lo habría defendido ante cualquier cliente, cualquier colega, cualquier persona menos aterrada. Pero el miedo no necesitaba demostrar nada; solo necesitaba encontrar un orden y repetirlo hasta que pareciera inevitable.

Las luces del hospital se volvieron demasiado blancas. La voz de Robert perdió volumen. Un zumbido le llenó los oídos y el campo de visión empezó a cerrarse desde los bordes.

Intentó alcanzar una silla. Las rodillas dejaron de responder antes de que pudiera sentarse.

Lo último que registró fue a Robert sosteniéndola por los hombros y llamándola por su nombre. Después llegó un pensamiento que no era una prueba, aunque sonó como una sentencia: quizá Margaret había encontrado una forma cruel de nombrar el patrón.

Despertó en una camilla de observación, con una vía colocada en el brazo y Priya sentada junto a ella. Llevaba el abrigo sobre la ropa de casa y sostenía un vaso de café de máquina con la expresión de quien ya se había arrepentido del primer sorbo. Había otro vaso en el suelo, intacto.

—Adrian —dijo Elena.

—Sigue en cuidados intensivos. Después de la convulsión tuvieron que sedarlo e intubarlo para proteger la respiración. No ha vuelto a convulsionar y sus constantes no han empeorado. Están haciendo análisis, cultivos e imágenes esta noche, pero todavía no saben qué lo causó.

Elena cerró los ojos mientras la habitación continuaba girando lentamente.

—Los retratos.

—Mark llamó al taller. Le dije que no moviera nada y que no te persiguiera con contratos hasta mañana. Parecía encantado de obedecer; al parecer, los coleccionistas ricos también tienen miedo de perder restauradoras con el rostro de su pintura.

Elena abrió los ojos. Priya le mostró el teléfono. Allí seguía la fotografía inclinada de ambos retratos, demasiado extraordinaria para caber en una pantalla.

—No la borré —dijo Priya—. Pensé que cuando despertaras ibas a necesitar comprobar que no te la habías imaginado.

Elena tragó saliva.

—Margaret cree que es culpa mía.




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