El Hilo Rojo

Capítulo 37. El testimonio de Elizabeth Mercer.

Elena esperó a que las horas de espera adquirieran una rutina soportable antes de abrir la carpeta que Mark le había enviado por mail. Las enfermeras cambiaban de turno cada ocho horas. Priya le traía café que ninguna de las dos bebía. Adrian seguía sedado, con el mismo trazado estable en los monitores que los médicos repetían como una plegaria aprendida de memoria. En algún momento de esa segunda noche, Elena decidió que esperar sin hacer nada era peor que enfrentarse a lo que fuera que Elizabeth Mercer hubiera dejado escrito, más de dos siglos atrás.

Las fotografías mostraban un papel quemado en dos esquinas, con una letra que se apretaba al principio y se soltaba después, como si quien escribía hubiera necesitado varias páginas para encontrar valor.

Hollowmere, 14 de marzo de 1802

A quien esto encuentre, si es que alguien alguna vez lo encuentra...

No sé para quién escribo esto. Quizás solo para mí misma, porque hay verdades que no pueden quedarse enteras dentro de una persona sin partirla, y esta es una de ellas. La escondo detrás de mi propio rostro, en el retrato que hoy cuelga en la galería, porque me parece justo que la verdad quede justo ahí, bajo la superficie que todos verán. Y porque, si alguien la leyera en vida mía, me encerrarían por loca, o algo peor: intentarían encontrar el mismo camino que yo encontré aquella noche.

Para que se entienda lo que ocurrió la noche de mi boda, y lo que ha ocurrido en los años que la han seguido, tengo que empezar con el molino.

Los Mercer y los Ashworth llevan enemistados casi cincuenta años, desde que nuestros bisabuelos no lograron ponerse de acuerdo sobre a quién pertenecía el molino de la ribera. Hubo pleitos, un duelo que le costó un brazo a un tío abuelo mío, y cincuenta años sin que en mi casa se pronunciara el apellido Ashworth sin escupir después.

Me enseñaron a odiarlos antes de que supiera leer. Los Ashworth son nuestros enemigos, Elizabeth, y una Mercer no olvida jamás quién es su enemigo.

Nunca pude.

Tenía ocho años la tarde en que desobedecí esa instrucción por primera y única vez. Había llovido tres días seguidos y el arroyo del molino bajaba crecido y oscuro. Se suponía que no debía acercarme —tierra en disputa, me habían dicho—, pero aquella tarde el arroyo prohibido me pareció más interesante que cualquier otra cosa en el mundo.

Resbalé cerca de la rueda del molino. No recuerdo el instante exacto en que el agua dejó de ser un juego, pero recuerdo la corriente cerrándose sobre mi cabeza, y recuerdo unas manos que no eran las mías cerrándose alrededor de mi brazo y tirando con una fuerza que no correspondía a un cuerpo tan pequeño como el suyo.

Adrian tenía diez años. Se suponía que él tampoco debía estar ahí. Me sacó del agua, y en el instante en que mi mano izquierda, buscando algo a lo que aferrarse, le rodeó la muñeca izquierda, sentí algo que no supe nombrar entonces ni sé nombrar mejor ahora: un calor que no tenía nada que ver con el frío del agua, y la sensación absurda de reconocer algo que nunca había tocado antes. Por la cara que puso él, creo que sintió lo mismo.

Me sujetó contra la orilla mientras yo tosía media ribera, y cuando por fin pude hablar, lo primero que le dije, absurdamente, fue que no se lo contaría a mi padre. Él me dijo que tampoco pensaba contárselo al suyo. Nos quedamos sentados en la hierba, empapados, dos niños que sabían que acababan de romper una regla mucho más vieja que ellos. Antes de irnos noté una línea fina y rosada cruzándome la palma izquierda, como un rasguño que no recordaba haberme hecho. Se desvaneció en un par de semanas y no volví a pensar en ella.

Guardé esa tarde como se guarda lo único bueno de una infancia gobernada por el odio de otros, y aunque cumplí en público cada instrucción sobre despreciar a los Ashworth, nunca logré, en privado, que ese desprecio alcanzara al niño que me salvó de ahogarme.

Elena pensó en su propia palma, en el cristal roto sobre la vitrina, en la muñeca de Adrian bajo la venda que ella misma le había hecho. El calor había sido igual de real.

Lo vi crecer de lejos, en las contadas ocasiones en que ambas familias coincidían —una vista judicial, el mercado de otoño—. Nunca hablamos, pero yo lo buscaba con los ojos, y durante años me convencí de que ese cariño era mi propio secreto, uno que nadie —ni él, sobre todo no él— llegaría nunca a conocer.

Me equivoqué en eso también.

Hace casi cuatro años, mi padre me hizo llamar a su despacho con una solemnidad que no usaba ni para hablar de dinero. Me dijo que los Ashworth y los Mercer habían llegado, por fin, a un acuerdo sobre el molino, y que la paz se sellaría del único modo que Kent consideraría irrevocable: con un matrimonio. El joven Adrian Ashworth había sido propuesto como esposo, y se esperaba de mí que cumpliera con lo que mi familia necesitara.

No le dije que llevaba diez años queriendo a ese hombre sin saberlo. Bajé la cabeza, dije que cumpliría, y salí de aquel despacho con el corazón latiéndome de un modo que mi padre interpretó como obediencia y no como la felicidad más pura y aterradora que había sentido en mi vida.

El día de la boda fui, durante algunas horas, la mujer más feliz de Kent. Habían traído músicos de Londres, y las arañas de cristal, encendidas todas a la vez, hacían que el salón pareciera sumergido en agua dorada. Bailé con Adrian delante de doscientas personas, y por primera vez en mi vida sentí que diez años de esperar en silencio habían merecido la pena.




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