El Hilo Rojo

Capítulo 38. Elara Ashworth.

Al tercer día sin ver mejoría en Adrian, los médicos solo habían repetido que seguía estable, sedado y bajo vigilancia, y que esperar era lo único posible. Elena decidió volver al taller, convencida de que terminar el diario podía ayudarla a comprender qué estaba ocurriendo y quizá encontrar una forma de salvarlo. Necesitaba comprobar si la muerte de Blackwood obedecía a la regla que Vance había descrito: el hilo se tensaba cuando las dos almas se reconocían, se elegían y permanecían unidas.

Colocó el diario sobre su soporte y abrió en el ordenador las fotografías en alta resolución de las últimas páginas, tomadas mientras separaba y documentaba aquel bloque. El original permaneció inmóvil bajo la luz de trabajo; esa noche Elena no confiaba en que sus manos pudieran sostenerlo sin temblar.

En aquella sección, la letra de Elara permanecía firme al comienzo; después, línea por línea, empezaba a quebrarse.

Leyó que la fiebre había empezado el miércoles once de julio. Leyó las temperaturas, el pulso, las visitas del médico y las respuestas dirigidas a una presencia que nadie más veía. Cuando llegó a «Ya casi. Dile que espere», tuvo que apartar las manos del teclado para que el temblor no cerrara la imagen ni la hiciera avanzar antes de estar preparada.

Leyó la última lucidez de Blackwood. Te elijo, Elara. Leyó la respuesta de ella: Y yo te elijo. Después llegó la muerte, poco antes del amanecer del quince de julio, con la mano de Elara todavía entre las suyas.

Entonces lloró, sola en el taller, por un hombre muerto hacía ciento treinta y ocho años cuya voz conocía a través de cartas, notas y páginas restauradas. Lloró también por Adrian, sedado a pocos kilómetros, y porque la semejanza entre ambas fiebres ya no era el único dato: el Códice, Vance y la activación de las marcas describían la misma condición.

Quedaba una última página, más breve que las demás, fechada cien días después de la muerte de Blackwood.

23 de octubre de 1888.

No he vuelto a escribir desde aquella noche. Hoy se cumplen cien días desde que Adrian murió, y he decidido marcar la fecha porque todavía necesito que algunas cosas puedan contarse. Durante semanas creí que, si no volvía a abrir este diario, la última página seguiría siendo aquella en la que él aún respiraba y yo todavía tenía una tarea que cumplir junto a su cama. Sé que no es cierto. Aun así, hay mañanas en que despierto convencida de que lo encontraré en la biblioteca, inclinado sobre el Códice, impaciente porque he tardado demasiado en llegar. Durante unos segundos lo espero. Después recuerdo.

Lo primero que sentí no fue tristeza, sino una impotencia tan grande que parecía una enfermedad. Volví una y otra vez a mis notas: las temperaturas, las dosis, la respuesta de sus pupilas, el ritmo de su respiración. Recalculé cada cantidad y busqué errores donde sabía que no los había. Me pregunté si debí enfriarlo antes, insistir en otro remedio, negar al médico, llevarlo lejos de Ravensbourne o encerrarlo conmigo en una habitación donde nada pudiera encontrarlo. Había pasado la vida creyendo que el conocimiento y la paciencia podían reducir cualquier mal a una sucesión de decisiones. La muerte de Adrian me enseñó la crueldad de poseer manos capaces de cerrar una herida y no poder usarlas para retener una vida.

No decidí volver a la botica: me obligó a hacerlo el hijo del señor Cobb, el herrero, que llegó una tarde con una quemadura mal cuidada porque no quedaba nadie más en el pueblo que supiera qué hacer con ella.

Abrí la puerta trasera con las manos temblando más de lo que habría admitido ante nadie. El olor a hierbas secas y cera vieja me envolvió como lo ha hecho toda mi vida, desde antes de que existiera Adrian, desde antes de que existiera el dolor que hoy me condena: el mismo olor de la infancia entera junto a mi padre, el único rincón del mundo que nunca dejó de pertenecerme por derecho propio.

Até el torniquete, limpié la herida y preparé el ungüento con una firmeza que no sabía que me quedaba. El niño dejó de llorar antes de que yo terminara de vendarlo. No fue ningún milagro: fue, sencillamente, lo único que todavía sabía hacer bien, y bastó esa tarde para recordarme que seguía sabiendo hacerlo. Después de aquel niño llegaron otros enfermos, y comprendí que no sabía qué hacer con las horas si nadie necesitaba algo de mí, así que dejé, sin decidirlo del todo, que volvieran a necesitarme.

Allí descubrí que el dolor conoce todos los rincones de una casa. Lloré detrás de los estantes de hierbas para que la señora Kettle no me viera. Lloré sentada en el suelo de la trastienda, con la espalda contra los cajones donde guardo las raíces secas. Lloré agachada bajo el mostrador después de cerrar, abrazada al delantal como si fuera una parte de él que hubiera conseguido llevarme. Algunas veces las lágrimas llegaban con violencia; otras caían sin que yo sintiera nada, mientras medía polvos o limpiaba un mortero. Bastaba el olor del sándalo en un cliente, la campanilla de la puerta o una taza de té abandonada a medias para que el mundo volviera a partirse.

También sentí ira. La sentí contra el médico por no haber sabido más que yo, contra los Ashworth por haber heredado silencios en lugar de respuestas, contra el Códice por ofrecer advertencias cuando ya era demasiado tarde y contra esa oscuridad —Tejedora, maldición o simple crueldad del mundo— que parecía haber esperado a que fuéramos felices para reclamar su precio. Me enfurecí con Adrian por morir después de enseñarme a imaginar una vida a su lado. Me enfurecí conmigo por haberlo amado lo suficiente para quedar destruida. Una noche arrojé contra la pared un frasco vacío que él había sostenido mientras discutíamos una fórmula. El cristal se rompió y yo deseé, durante un instante vergonzoso, que todo en aquella habitación se rompiera con la misma facilidad.




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