El Hilo Rojo

Capítulo 36. Última página.

15 de julio de 1888

La fiebre empezó el once de julio, un martes, y para el jueves ya no había duda de que se trataba de lo mismo que llevaba semanas anunciándose en sueños. Blackwood ardía al tacto, con una temperatura que ningún paño frío conseguía bajar durante más de unos minutos, y en los peores intervalos miraba por encima de mi hombro hacia un punto vacío de la habitación y respondía a una presencia que yo no veía. No sé si era la figura de sus sueños o el delirio encontrando una forma conocida.

—Ya casi —le decía con una calma que me aterraba más que cualquier grito—. Ya casi llega. Dile que espere. Dile que todavía no.

No me aparté de su lado. Medí la temperatura, el pulso y la respiración; conseguí que bebiera pequeñas cantidades de agua y cambié las compresas cuando dejaban de aliviarlo. Probé solo lo que no podía hacerle más daño que la fiebre y anoté cada reacción, porque el miedo no me concedía el derecho de volverme imprudente. Nada explicaba el ascenso ni las voces que parecía escuchar.

El médico de la familia, llegó al tercer día, no tuvo mejor suerte que yo. Examinó la piel, las pupilas, el pecho y la rigidez del cuello; habló de fiebre cerebral como quien pone un nombre provisional sobre una puerta cerrada. Ordenó líquidos, enfriamiento moderado y vigilancia, y admitió que no reconocía la causa ni la rapidez del deterioro.

La tarde del jueves trece hubo una tregua. Blackwood abrió los ojos con una claridad que no había tenido desde el comienzo y encontró mi mano sobre la suya. La apretó apenas, como si necesitara comprobar que aún podía decidir un gesto.

—Elara.

—Aquí estoy, Adrian.

—Necesito decirte algo mientras todavía puedo estar seguro de que soy yo quien habla y no la fiebre usando mi voz.

Me incliné para que no tuviera que gastar fuerzas al hablar, sin soltarle la mano.

—Te elijo, Elara —dijo, y su voz volvió por un instante a ser la que conocía—. Por encima del título, de la reputación y del miedo que mi familia me enseñó a confundir con prudencia. Te elegí la noche del baile de los Grayson. Te he elegido cada día desde entonces. No sé cuánto tiempo me queda, pero no cambiaría un solo día de lo que hemos tenido, aunque hubiera sabido que serían tan pocos.

—Y yo te elijo —conseguí decir. Le besé la mano, la frente y los nudillos, porque las palabras no bastaban para sostener todo lo que acabábamos de prometernos demasiado tarde.

La lucidez no duró. Al caer la noche la temperatura volvió a subir y sus respuestas dejaron de pertenecer al cuarto. A veces pedía a la presencia que esperara; otras, extendía la mano hacia un punto detrás de mí. No puedo afirmar que la figura se acercara ni que hubiera algo allí. Solo que Adrian tenía miedo y parecía intentar mantenerlo lejos de mí..

Murió poco antes del amanecer del domingo quince de julio, con mi mano entre las suyas. El médico comprobó el pulso y la respiración antes de negar con la cabeza. No hubo señal que yo supiera interpretar: solo el descanso súbito de un cuerpo agotado y el silencio imposible que quedó cuando dejó de decir mi nombre.

No lloré mientras el médico y la señora Whitfield permanecieron en la habitación. Cuando nos dejaron solos, seguí sentada junto a la cama, sujetando una mano que ya no podía responderme. El retrato, el Códice y nuestras notas esperaban en la biblioteca: el trabajo que habíamos comenzado juntos y que ahora tendría que continuar sin él, aunque entonces no supiera cómo sobrevivir a la siguiente hora.

Escribí a Georgiana esa misma tarde. Mantuve la letra firme porque su hermana merecía conocer los hechos por alguien que había estado allí: la fecha, sus últimas palabras y la certeza de que Adrian no murió solo. No convertí el dolor en una disputa sobre quién lo había amado más. Escribí únicamente que lo amé, que él lo sabía y que, mientras tuvo fuerzas para elegir, me eligió también.




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