Capítulo 5: El Rastro de Tinta
La mañana siguiente al encuentro, Seúl amaneció lavada por la lluvia, con un cielo de un azul tan claro que hería la vista. Sin embargo, para Min-jun, el mundo seguía sintiéndose extrañamente incompleto. En su oficina de la planta 24 en Gangnam, los planos de su nuevo proyecto le parecían ahora más inertes que nunca.
Se descubrió a sí mismo mirando su mano derecha, la que había rozado la de aquella chica en Insadong. No era solo el recuerdo del chispazo eléctrico; era la imagen de sus ojos y esa mancha de tinta roja en su mejilla lo que no lo dejaba en paz. Al abrir su maletín para buscar unos informes, algo cayó al suelo: era un pequeño trozo de papel, doblado y algo húmedo.
Lo recogió con cuidado. Era un boceto rápido, un dibujo a carboncillo de un tejado tradicional coreano, el hanok, pero con un detalle que lo dejó helado: desde el alero del tejado, colgaba un hilo rojo que se perdía en el margen del papel. Debió de caerse del cuaderno de Hana cuando chocaron. En la esquina inferior, casi borroso por la lluvia, se leía un nombre: Galería "Sumi-e", Insadong.
—"Sumi-e"... —susurró Min-jun. Por primera vez en años, una decisión no basada en la lógica tomó forma en su mente.
Mientras tanto, en Insadong, Hana no había podido pegar ojo. Había pasado la noche frente a un lienzo en blanco que, para el amanecer, ya estaba cubierto de pinceladas vibrantes. El cuadro era diferente a todo lo que había hecho antes. Ya no eran solo líneas abstractas; era una silueta masculina desdibujada por la lluvia, y un hilo rojo que nacía del pecho de la figura y se enredaba en los dedos de una mano femenina.
—Estás inspirada hoy —dijo la dueña de la galería, la Sra. Park, entrando con dos tazas de té de jengibre—. Ese cuadro... tiene una energía extraña, Hana. Parece que está esperando a alguien.
Hana suspiró, dejando el pincel. —Siento que he perdido algo, Sra. Park. Pero a la vez, siento que estoy a punto de encontrarlo. Es una sensación de urgencia, como si el hilo se estuviera tensando tanto que temo que se rompa.
La tarde comenzó a caer y las sombras se alargaron sobre las piedras de Insadong. Hana salió un momento a la entrada para mover el cartel de la galería. Fue entonces cuando lo vio.
Al final de la calle, caminando con paso decidido pero algo vacilante, estaba él. Min-jun no vestía su traje impecable de arquitecto, sino una chaqueta más informal, pero su porte era inconfundible. Sus ojos buscaban cartel tras cartel hasta que se detuvieron en el de Hana.
El corazón de Hana dio un vuelco. El hilo invisible no solo se tensó, sino que pareció vibrar con una nota musical.
Min-jun se detuvo frente a ella. Durante unos segundos, el bullicio de los turistas y el sonido de la música callejera desaparecieron. Él metió la mano en su bolsillo y sacó el pequeño papel húmedo.
—Creo que esto te pertenece —dijo él, su voz un poco más suave que la tarde anterior.
Hana tomó el dibujo, pero sus dedos evitaron el contacto esta vez, como si temieran que la realidad se desvaneciera si volvían a tocarse tan pronto. —Gracias... No pensé que volvería a verlo. Ni al dibujo, ni a usted.
Min-jun miró hacia el interior de la galería y su mirada se clavó directamente en el lienzo que Hana acababa de pintar. Se quedó sin habla. El hombre de la lluvia, el hilo rojo... era como verse a sí mismo en un sueño que no recordaba haber tenido.
—¿Por qué pintas eso? —preguntó él, señalando el hilo rojo que unía a las dos figuras en el cuadro.
Hana lo miró a los ojos, valiente a pesar del temblor en sus manos. —Porque en mi familia dicen que nadie camina solo por Seúl. Dicen que todos arrastramos un hilo que nos lleva hacia alguien. Ayer, cuando chocamos, sentí que el mío dejaba de estar enredado.
Min-jun dio un paso hacia el interior de la galería, cruzando el umbral. —Yo no creo en el destino —admitió él en voz baja—, pero hoy he cruzado media ciudad solo para devolverte un trozo de papel. Quizás tu hilo es más fuerte de lo que pensaba.
En ese momento, una pequeña campana de viento en la entrada de la galería sonó con una ráfaga de aire fresco, y por primera vez, ambos sonrieron al mismo tiempo, dándose cuenta de que el nudo del hilo rojo acababa de empezar a deshacerse.