Capítulo 7: La Fotografía en el Baúl de Sándalo
Esa noche, Hana no podía concentrarse en sus lienzos. Las palabras de la anciana en el restaurante de sujebi daban vueltas en su cabeza: "Hacía tiempo que no veía un nudo tan apretado".
Impulsada por una curiosidad que no podía frenar, Hana subió al pequeño desván de su casa, una vivienda tradicional coreana que había pertenecido a su familia por tres generaciones. Allí, entre el aroma a madera antigua y recuerdos olvidados, buscó el viejo baúl de sándalo de su abuela, quien también había sido artista antes de que la vida y la guerra lo cambiaran todo.
Con las manos temblorosas, Hana abrió la pesada tapa. Entre sedas de hanbok y pinceles de caligrafía desgastados, encontró una pequeña caja de metal que contenía fotografías en blanco y negro, con los bordes amarillentos por el tiempo.
Revolvió las imágenes de paisajes y retratos familiares hasta que una en particular la hizo detenerse. El corazón le dio un vuelco.
Era una foto de los años 70. En ella, se veía a una joven y sonriente mujer (su abuela) de pie junto a un hombre alto y elegante frente a la estructura a medio construir de lo que parecía ser un teatro. Pero lo que dejó a Hana sin aliento no fue el parecido de la mujer consigo misma, sino el hombre. Tenía la misma mandíbula fuerte, la misma mirada profunda y la misma forma de colocar las manos que Min-jun.
Hana le dio la vuelta a la foto. En el reverso, una caligrafía elegante decía: "Inauguración de los cimientos. Seúl, 1975. Con gratitud al arquitecto Kim Young-soo, quien diseñó un hogar para mis sueños."
—Kim Young-soo... —susurró Hana. Sabía que el apellido de Min-jun era Kim.
Mientras tanto, en su lujoso pero frío apartamento en Gangnam, Min-jun no podía dormir. Estaba repasando los planos para la presentación de mañana, pero las palabras de Hana sobre "el lugar donde las personas se encuentran" no dejaban de resonar en su mente.
Buscando una referencia técnica en su biblioteca, tiró accidentalmente un viejo portafolios de cuero que perteneció a su abuelo, el fundador de la firma. Al recoger los papeles que se habían desparramado, una pequeña nota manuscrita cayó al suelo. Era una carta breve, nunca enviada, fechada hace décadas:
"Querida Sumi: El edificio está terminado, pero se siente vacío porque no logré convencerte de que te quedaras. Dicen que el hilo rojo puede estirarse o enredarse, pero nunca romperse. Espero que, aunque no sea en esta vida, nuestras historias encuentren la forma de terminar el dibujo que empezamos en aquel jardín de Insadong."
Min-jun sintió un escalofrío. Sumi. La galería de Hana se llamaba "Sumi-e". Siempre pensó que era por la técnica de pintura japonesa, pero ¿y si era por el nombre de una mujer? ¿Y si su abuelo, el arquitecto más pragmático de su época, había estado enamorado de la abuela de la chica que acababa de conocer?
De repente, el proyecto que Min-jun tenía que presentar mañana ya no era solo una cuestión de acero y cristal. Era una deuda pendiente. Era el hilo rojo que, tras cincuenta años de silencio, volvía a tensarse con fuerza.
A la mañana siguiente, Hana llegó a la galería antes de abrir. Tenía la foto en su bolso. Apenas unos minutos después, vio aparecer el coche negro de Min-jun. Él bajó rápidamente, con el rostro pálido y la carta de su abuelo en la mano.
No hicieron falta saludos. Ambos sabían que lo que tenían entre manos era la prueba de que su encuentro no fue una coincidencia, sino una cita pactada hace medio siglo.
—Hana —dijo Min-jun, mostrando la carta—, mi abuelo... él te estaba buscando. O mejor dicho, estaba buscando a tu familia.
Hana sacó la fotografía y se la mostró. —Y mi abuela guardó esto como su tesoro más grande. Min-jun, no estamos empezando una historia. Estamos terminando una que quedó a medias.