El Hilo Rojo De Seul

Capítulo 8: Los Ecos del Teatro Luna Roja

Capítulo 8: Los Ecos del Teatro Luna Roja

Armados con la fotografía y los conocimientos arquitectónicos de Min-jun, pasaron la mañana rastreando registros antiguos en el archivo municipal de Seúl. No fue fácil; la ciudad había crecido de forma frenética en los últimos cincuenta años, sepultando muchos de sus viejos rincones bajo capas de hormigón y neón.

—Aquí está —dijo Min-jun, señalando un plano amarillento—. Se llamaba "Teatro Luna Roja". Estaba en una zona de Euljiro que ahora está marcada para una reurbanización masiva. De hecho... —su voz tembló un poco—, es el terreno adyacente al proyecto que mi firma quiere construir.

Sin perder un segundo, se dirigieron al lugar. Euljiro era un laberinto de talleres mecánicos y tiendas de electricidad, pero escondido detrás de un callejón estrecho, donde la luz del sol apenas llegaba, se alzaba una estructura de ladrillo visto, cubierta de hiedra seca y grafitis. El teatro parecía un fantasma atrapado en el tiempo.

La puerta principal estaba encadenada, pero Min-jun, conociendo las debilidades estructurales de este tipo de edificios, encontró una entrada lateral por el antiguo muelle de carga.

Al entrar, el aire se volvió frío y denso, cargado con el olor a polvo y madera vieja. Encendieron las linternas de sus teléfonos. Sus pasos resonaban en el vestíbulo vacío.

—Mi abuela me hablaba de un lugar donde "la luz bailaba incluso cuando no había música" —susurró Hana, acariciando las paredes descascaradas—. Nunca entendí a qué se refería hasta ahora.

Llegaron al escenario principal. Las butacas de terciopelo rojo estaban cubiertas de sábanas blancas que parecían espectros sentados en la oscuridad. Min-jun se acercó a uno de los pilares principales, el que aparecía en la foto detrás de sus abuelos.

—Hana, mira esto —dijo Min-jun, iluminando la base de la columna.

Como arquitecto, Min-jun sabía que en los años 70 era común dejar marcas de los constructores en los cimientos. Pero esto no era una marca técnica. Detrás de una placa de bronce oxidado que se había soltado, había algo tallado directamente en la piedra.

Hana se arrodilló y limpió el polvo con su bufanda. Allí, tallado con una precisión que solo el amor puede dictar, había un pequeño surco que daba la vuelta a toda la columna: un hilo tallado en la piedra, y en los extremos, dos iniciales en hanja (caracteres antiguos): S (Sumi) y Y (Young-soo).

Pero lo más impactante no fue el tallado. Al mover la placa por completo, encontraron un pequeño hueco en el pilar. Dentro, envuelto en una tela de seda roja que milagrosamente había conservado su color, había un pequeño frasco de cristal.

Hana lo abrió con cuidado. Dentro no había joyas ni dinero. Había pigmento rojo en polvo, el más puro que Hana había visto nunca, y una nota final de Young-soo:

"Sumi, si el mundo no nos permite estar juntos hoy, he guardado el color de nuestro destino en el corazón de este edificio. Algún día, alguien que comparta nuestra sangre encontrará este lugar y usará este color para terminar nuestra pintura."

Hana sintió una lágrima correr por su mejilla. Miró a Min-jun, quien también estaba visiblemente conmovido. El silencio del teatro ya no era triste; se sentía como si las paredes estuvieran respirando, aliviadas de que el secreto finalmente hubiera sido encontrado.

—Min-jun —dijo Hana, sosteniendo el pigmento—, mi abuelo no diseñó este teatro para la ciudad. Lo diseñó para ella. Y lo dejó listo para nosotros.

Min-jun miró el escenario y luego a Hana. El hilo rojo ya no era un concepto; era una misión. Pero entonces, el sonido de unos motores pesados y gritos de obreros fuera del teatro los sobresaltó.

—Están aquí —dijo Min-jun con urgencia—. Las máquinas de demolición. Tienen órdenes de empezar a derribar esta zona hoy mismo. Mi propia firma dio la orden.




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