El Hilo Rojo De Seul

Capítulo 9: El Sacrificio del Arquitecto

Capítulo 9: El Sacrificio del Arquitecto

El rugido de una excavadora justo fuera de los muros del teatro hizo que el suelo vibrara. Hana miró a Min-jun con desesperación, apretando el frasco de pigmento rojo contra su pecho.

—Vete, Hana. Sal de aquí por la puerta trasera —dijo Min-jun, su voz ahora firme y gélida como el acero que solía diseñar—. Yo tengo que detener esto.

—¿Cómo? —preguntó ella—. ¡Los obreros solo siguen órdenes!

—Órdenes que llevan mi apellido. No puedo detener a las máquinas aquí, pero puedo cortar el hilo desde la raíz.

Min-jun salió corriendo hacia su coche, dejando a Hana bajo el cobijo de los viejos ladrillos del teatro. Conducir a través del tráfico de Seúl hacia Gangnam fue una carrera contra el tiempo y contra su propia identidad. Cada semáforo en rojo parecía un nudo que intentaba detenerlo, pero en su mente solo veía el rostro de su abuelo en la carta y los ojos de Hana.

Entró en la torre de cristal de su firma como un torbellino. No se detuvo a saludar a nadie. Subió directamente a la sala de juntas del último piso, donde su padre, el actual director de la firma, estaba cerrando el trato con los inversores internacionales.

—...y con la demolición de los antiguos almacenes de Euljiro ya en marcha, el terreno estará listo para —su padre se interrumpió al ver a Min-jun irrumpir en la sala, sudado y con la nota amarillenta en la mano.

—Esa demolición tiene que detenerse ahora mismo —declaró Min-jun frente a los hombres más poderosos de la ciudad.

—Min-jun, ¿qué locura es esta? —preguntó su padre, levantándose con el rostro rojo de ira—. Estamos en medio de una firma millonaria. Sal de aquí.

Min-jun no se movió. Caminó hasta la mesa y dejó la carta del abuelo y la foto de 1975 sobre el cristal.

—El Teatro Luna Roja no es un almacén viejo. Es el testamento de nuestro abuelo. Él no diseñó edificios, padre; él diseñó conexiones. Y si hoy destruimos ese teatro, destruiremos el alma de esta firma.

El silencio en la sala fue absoluto. Su padre miró la foto. Reconoció a su propio padre, pero también reconoció la mirada de derrota en sus ojos que nunca entendió... hasta ese momento.

—Si no detienes las máquinas —continuó Min-jun, bajando la voz pero con una fuerza que hizo temblar a los inversores—, renuncio. Retiro mi nombre de este proyecto y llevaré la historia de la negligencia de esta firma a la prensa. No me importa el dinero, ni la herencia. Me importa lo que es real.

Su padre lo miró como si no lo conociera. Por un instante, pareció que iba a llamar a seguridad. Pero luego, miró de nuevo la caligrafía de su propio padre en la carta: "Espero que... nuestras historias encuentren la forma de terminar el dibujo".

Lentamente, el padre de Min-jun cogió su teléfono y marcó un número. —Habla el Director Kim. Detengan la demolición en el sector 4-B. Ahora. Sí, indefinidamente.

Min-jun sintió que sus piernas flaqueaban. El sacrificio estaba hecho. Había desafiado a su familia y puesto en jaque su carrera, pero el nudo en su pecho se había soltado por completo.

Sin embargo, su padre se le acercó y le susurró al oído con dureza: —Has salvado el edificio, pero has destruido tu reputación con estos inversores. Espero que esa chica y su "hilo rojo" valgan el precio de tu futuro, Min-jun. Porque a partir de hoy, estás solo.




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