Capítulo 10: El Color de la Eternidad
La noche cayó sobre Seúl con una calma inusual. Min-jun regresó al Teatro Luna Roja con la corbata desanudada y el peso de haber renunciado a su imperio, pero con una ligereza en el alma que nunca había experimentado. Al entrar, el silencio del viejo teatro ya no era sepulcral; se sentía como una ovación contenida.
Hana lo esperaba en el centro del escenario, iluminada por un único rayo de luna que se filtraba por una grieta en el techo. En sus manos, el frasco de pigmento rojo estaba abierto.
—Lo has hecho —susurró ella cuando él se acercó—. Has salvado este lugar.
—No —respondió Min-jun, acortando la distancia entre ambos hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Este lugar nos salvó a nosotros. Mi padre tenía razón: he perdido mi futuro en la firma. Pero por primera vez en mi vida, puedo ver el camino que tengo delante. Y ese camino empieza contigo.
Hana sumergió sus dedos en el fino polvo rojo. Con una delicadeza infinita, tomó la mano de Min-jun y trazó una línea carmesí que nacía en la muñeca de él y terminaba en la suya. El pigmento parecía brillar con luz propia, uniendo sus pulsos en un lazo físico y eterno.
—Nuestros abuelos no pudieron terminar su cuadro —dijo Hana, con los ojos empañados en lágrimas de felicidad—. Pero nosotros tenemos todo el tiempo del mundo.
Min-jun no esperó más. Rodeó la cintura de Hana con sus brazos, atrayéndola hacia sí con una urgencia que había estado contenida durante décadas de soledad. Sus labios se encontraron en un beso que sabía a victoria, a lluvia de Insadong y a una promesa cumplida.
Fue un beso intenso, profundo, donde el pragmatismo del arquitecto se rindió finalmente ante la pasión de la artista. Hana enredó sus manos en el cabello de Min-jun, manchándolo ligeramente con el pigmento rojo, sellando su destino no solo en la piel, sino en el alma. En ese vacío inmenso del teatro, el tiempo se detuvo. Ya no había deudas familiares, ni miedos al fracaso, ni rascacielos fríos. Solo existía el calor de sus cuerpos y la certeza de que, sin importar a dónde fueran, ese hilo nunca volvería a tensarse por la distancia.
Se separaron solo unos milímetros, sus frentes apoyadas la una contra la otra, jadeando.
—Te encontré —murmuró Min-jun contra sus labios, antes de volver a besarla con más fuego, un beso que recorrió el escenario y los hizo olvidar que el mundo exterior existía.
Epílogo
Un año después, el Teatro Luna Roja reabrió sus puertas. Ya no era una ruina, sino el centro cultural más vibrante de Seúl, restaurado por el nuevo y pequeño estudio de arquitectura de Min-jun. En la fachada, un mural inmenso pintado por Hana dominaba la calle: dos manos entrelazadas por un hilo rojo que se transformaba en flores de cerezo.
Cuentan los que visitan el teatro que, a veces, al atardecer, se puede ver a una pareja caminando por los callejones de Euljiro. Dicen que caminan tan cerca que parece que un hilo invisible los guía. Y dicen también que, si miras con suficiente atención, verás que en sus muñecas siempre hay un rastro, casi imperceptible, de un color rojo que nunca se borra.
Porque en Seúl, algunas historias no se escriben con tinta, sino con el hilo del destino.
FIN.