Eugenia y Tomás se quedaron mirando, embobados, a la joven que cruzaba la calle hacia la parada del autobús. Cuando Elena desapareció entre la gente que hacía cola, ambos se miraron y Tomás soltó un suspiro.
—¿No te parece increíble que sea nuestra hija, Eugenia?
Ella sonrió con ternura.
—A veces cuesta creerlo. Anda, ¿no te tomas el café? Vas a llegar tarde.
—Es verdad —respondió él, dejando escapar una risa suave—. Es que cuando veo a nuestra hija, se me olvida todo. Vamos, Eugenia, admítelo: ¿no te parece digna de casarse con un príncipe?
—Con que encuentre a un hombre bueno que la quiera de verdad, me conformo.
Tomás se sentó a la mesa. Eugenia le dejó el tazón de café con leche y un trozo de pan. Él empezó a mojar el pan mientras hablaba, animado.
—Es una maravilla tener una hija tan guapa. ¿Te has fijado? Todos los chicos del barrio están locos por ella.
—Calla ya, Tomás —protestó ella con cariño—. Te puede la pasión de padre.
—No, no. ¿No es Elena la más bonita de toda la zona?
—Puede que sí, pero tú eres quien menos debería decirlo.
—¿Y con quién voy a compartir mi entusiasmo si no es contigo?
Ella sonrió y él le devolvió la sonrisa, cómplice.
—Me gustaría que se casara con su novio. Ya sabes, el hijo del coronel —añadió Tomás, soñador.
—Tomás, por favor… ese chico tiene demasiada categoría para nuestra hija —respondió Eugenia, mucho más práctica que él.
Él dejó de mojar el pan y frunció ligeramente el ceño.
—¿Demasiada? Pero si Elena vale un reino entero.
—No exageres. Hoy en día las chicas sin dinero no se casan con príncipes ni con hijos de coroneles. Elena tiene lo que hemos podido darle con sacrificio: buena educación, buenos modales, una cara bonita y su trabajo de administrativa.
—Y con eso debería bastar para cualquier hombre.
—Para uno normal sí. Para uno de alto nivel… lo dudo.
—Pues yo digo que…
—Anda, ponte la chaqueta, que vas a llegar tarde.
—¡Hum! —rezongó él.
Eugenia miró por la ventana, hacia el final de la calle, donde Pedro Ochoa estaba levantando la persiana del taller.
—Están abriendo ya.
—Sí, sí… —refunfuñó Tomás mientras se ponía la zamarra—. Ni siquiera me dejas soñar un poco.
—Sueños que no van a cumplirse.
Tomás la miró, ofendido.
—¿Y por qué no? Mira cuántas mujeres guapas acaban casándose con millonarios.
—En las películas, Tomás. En las películas.
—Que no, que también pasa en la vida real.
Eugenia suspiró. Ya conocía esas fantasías suyas. Ella no quería un príncipe para Elena, ni millonarios, ni militares. Solo un hombre como Tomás. Ella había sido tan guapa como su hija, y aun así se casó con él cuando no tenía más que un trabajo de aprendiz. Y miraba dónde habían llegado juntos.
—Tomás —dijo ella, paciente—, si todos los padres pensaran como tú, yo no me habría casado contigo.
Él la miró sorprendido, pero enseguida sonrió, triunfal.
—¡Pero si yo era un buen mozo! Te enamoraste de mí, eso es así.
—¿Y no podría Elena enamorarse de un chico normal, sin dinero?
—Hoy en día las chicas no se enamoran como antes. Son más listas.
Y se marchó riendo, convencido de sus tonterías.