A las tres de la tarde, Pedro Ochoa estaba apoyado en la puerta del taller. Hacía frío y el suelo seguía húmedo por la lluvia. Vestía práctico: pantalón oscuro, jersey azul, chaqueta de cuero, botas gruesas y una boina negra. Era un hombre fuerte, moreno, con ojos serios y un gesto que rara vez llegaba a la sonrisa.
La vida no le había puesto las cosas fáciles. Hijo de un panadero, pronto conoció las estrecheces. Cuando su padre murió, tuvo que trabajar para mantener a su madre. A los catorce ya estaba en un taller, compaginándolo con los estudios. A los veinte era maestro industrial; a los veinticuatro, perito. Hambre, sueño, sacrificio… pero también constancia. Con ahorros, ayuda de un jefe y un préstamo, montó su propio taller.
Y ahí estaba ahora: dueño de quince empleos, maquinaria nueva, clientela asegurada.
“Hasta luego, Elena”.
Aquellas palabras, que había pronunciado más temprano, seguían resonando en su cabeza. Como cada día la veía pasar, camino del autobús. Y como cada día, la seguía con la mirada, entrecerrando los ojos de una forma que casi dolía.
La había visto crecer. La hija de Eugenia y Tomás. La niña del cochecito, luego la mocosa que corría por la barriada, después la estudiante del colegio, la adolescente bonita… y ahora la mujer radiante que saludaba con educación:
—Buenas tardes, Pedro.
—Buenas tardes, Elena —había contestado él, tan amable como sabía.
Pero cuando ella se alejaba, algo dentro de él se tensaba. Una mezcla de ternura y amargura. ¿Un millonario?, pensó, recordando las palabras de Tomás. Y se le endureció el gesto. Entró al taller. Dio instrucciones. Supervisó trabajos. Todo bajo control. En lo laboral, sí. En lo demás… ojalá lo fuera.
Porque Pedro estaba enamorado, y no era de los hombres que cambian un sentimiento así como así. Y pensar en las ilusiones de Tomás solo le removía una rabia silenciosa. ¡Un millonario! Sí, claro.