Anita Santos y Elena Urdiales salieron juntas a la calle. Anita, morena, de ojos oscuros y enormes —unos ojos que siempre llamaban la atención— tenía una elegancia natural y un aire dulce que la hacía destacar sin esfuerzo. No era de las que se dejaban conquistar fácilmente.
Elena, en cambio, tenía un tipo de belleza que nadie sabía explicar del todo. Rubia oscura, con el pelo perfectamente peinado, ojos azules intensos y una sonrisa capaz de iluminar cualquier rincón. Sus rasgos no eran exactamente perfectos, pero el conjunto tenía algo hipnótico. Alta, esbelta, con curvas suaves y ese porte seguro de quien sabe que al entrar en una habitación todas las miradas van hacia ella.
En la oficina bromeaban diciendo que la naturaleza había gastado todas sus fuerzas en hacerla a ella. Y aunque algunas compañeras murmuraban que era “una presumida”, no podían estar más equivocadas.
Elena no era vanidosa. Simplemente le gustaba cuidar su imagen, y como ganaba su propio dinero, vestía bien, usaba buenos perfumes y se daba algunos caprichos. Eso sí, tenía una meta clara: quería casarse con un hombre rico. No por frivolidad, sino porque siempre había soñado con una vida cómoda, sin apuros. Y parecía ir por buen camino: su novio, Alejandro Miranda, provenía de una familia militar de mucho prestigio. Hijo de un coronel con título de conde. Casi un cuento.
Cuando salieron a la calle, Anita miró el cielo gris y la lluvia fina que empezaba a caer.
—¡Qué rabia de lluvia! ¿No viene Alejandro a por ti hoy?
—No. —Elena suspiró—. Tenía que acompañar a su madre a una sala de modas. Un planazo para Alex, ya sabes cómo son las madres de alta sociedad.
Anita levantó una ceja pero no dijo nada. Se limitó a cogerle el brazo y las dos se metieron bajo el paraguas de Elena.
Anita no aspiraba a lujos. Su novio era sargento de Aviación, destinado lejos. Le bastaba con eso.
—¿Vamos al cine? —propuso Anita.
Elena se sobresaltó.
—¿Estás loca? ¡Alex me mata! Es muy celoso, ya lo sabes, y me tiene prohibido ir a ningún sitio sin él.
Anita bufó. Nunca había aprobado ese noviazgo, y no lo escondía. Aun así, Elena jamás se lo tomaba mal. Se conocían desde el colegio, habían crecido juntas y siempre habían sido inseparables. Fue Anita, cuando empezó a trabajar, quien consiguió que Elena entrara en su oficina. Desde entonces, su amistad se había vuelto aún más fuerte.
Aunque, la verdad, nadie que las viera caminar juntas por la calle pensaría que eran simples oficinistas. Parecían chicas de familia acomodada.
—Lo que no entiendo —comentó Anita— es que él pueda divertirse con su gente y tú tengas que quedarte en casa.
—Es su mundo —respondió Elena encogiéndose de hombros—. Son compromisos sociales.
—Sí, ya… compromisos —murmuró Anita con sarcasmo—. Pues yo, en tu lugar, no sería tan comprensiva.
—Anita, por favor.
—No me mires así. Lo sigo pensando.
—Alex me quiere mucho.
—¿Te ha hablado de boda?
—Hay tiempo para eso.
—Elena, llevas seis meses con él. Esteban y yo a las cuatro semanas ya estábamos mirando fecha.
—En el mundo de Alex las cosas no se hacen tan deprisa.
Anita soltó una risa irónica.
—Claro. En el gran mundo… Pues yo, sinceramente, no me fiaría tanto. Alejandro será todo lo ingeniero y noble que quieras, pero a mí me huele a pájaro de cuidado.
—¡Anita, por Dios!
—Lo digo y lo repito. A los hombres les encanta pasearse con chicas guapas como tú, presumir, disfrutar… pero cuando toca sentar la cabeza, buscan a alguien “de su nivel”.
Elena se abrazó un poco más al paraguas, incómoda.
—Me estás poniendo los pelos de punta.
—Pues ándate con ojo. Y no seas ingenua: él estará pasándoselo en grande ahora mismo.
Elena la miró con inocencia.
—Vamos al cine —propuso, como si así pudiera alejar las dudas.
Anita sonrió, satisfecha. Había ganado.