Al salir del cine, Anita y Elena se toparon con Pedro Ochoa. Él acababa de abandonar la sala. Anita ya lo conocía de verlo a menudo en la puerta del taller cuando iba a buscar a su amiga.
Pedro saludó con un simple «hola». Anita, más sociable que Elena, enseguida inició conversación. Pedro no era de hablar mucho, pero lograba soltar alguna palabra, y Anita tenía el raro don de hacer hablar incluso a las piedras.
Los tres caminaron juntos hasta el final de la calle. Hicieron comentarios sobre el mal tiempo, la película —que les había parecido aburrida y prescindible— y el trabajo. Elena apenas intervenía; solo respondía cuando la aludían directamente. Cuando llegaron al final, Pedro se despidió y se metió en una tasca. Ellas siguieron su camino.
—¿No te cae bien? —preguntó Anita.
—Me impone un poco. Es como… una estatua —respondió Elena, encogiéndose de hombros.
—A mí me parece interesante.
—¿Llamas interesante a eso?
—Hasta sus silencios lo son. Es un hombre serio. Da gusto conversar con él.
—Pues no comparto tu entusiasmo. Quizá porque lo veo desde siempre en el barrio.
—Eso también cansa. A fuerza de ver a alguien todos los días, deja de llamarte la atención. Yo, en cambio, lo trato desde que tú trabajas, y te aseguro que es un hombre que no dice tonterías. Y hoy en día eso escasea.
Elena la miró, escéptica.
—Anita, por favor… parece que te gusta.
—Estoy enamorada de Esteban —rió Anita—, pero si no lo estuviera… quién sabe. Aunque Pedro no parece precisamente fácil de conquistar.
—Nunca le he visto novia.
—¿Siempre vivió en el barrio?
—Yo siempre lo he visto por allí.
—¿Vive solo?
—Con su madre. Es una mujer mayor, muy amable. Papá le tiene mucha estima a Pedro. Dice que es trabajador y constante.
—Y da la impresión de vivir bien.
—Tiene un taller de reparaciones. Lo pasó mal muchos años —explicó Elena—. Eso lo cuenta papá cuando habla de los vecinos.
—Pues precisamente por eso tiene mérito.
—Claro, pero no pretenderás que por eso me enamore de él.
Anita soltó una risa divertida.
—No te imagino con un hombre como Pedro… ¿cómo lo diría…?
—¿Tosco?
—No, no es la palabra. Quizá… enigmático.
Elena la miró con sorna.
—Tiene treinta y un años.
—¿Solo?
—Solo.
—Le habría puesto treinta y cinco.
—Yo también. Pero papá dice que trabaja desde los catorce y que estudió para perito mientras estaba en el taller.
—Impresionante. ¿Dónde vive?
—Justo encima del taller. Vive con su madre y con Juana.
—¿Quién es Juana?
—Una mujer que antes limpiaba portales. Desde hace unos años trabaja en su casa. Su madre ya no puede con todo.
—Ah… ¿y por qué vestirá siempre igual?
—Siempre lo vi así: pantalones, jersey y botas fuertes. Es muy… corriente.
—¿Corriente según tú?
—Según yo, Pedro Ochoa...
Anita pensó un momento, seria.
—Quizá su aspecto sea corriente, pero él no lo es. Por dentro tiene algo distinto.
—Estás soñando.
—No. He dicho lo que creo ver.
—¿Y qué crees ver? —preguntó Elena, entre divertida e incrédula.
—Su mirada, la manera en que aprieta la boca… hay algo detrás. Algo que no tienen los demás.
—Pues no sé —respondió Elena, dudosa—. No lo veo.
Se detuvieron al final de una calle céntrica. No había cola para el autobús. Eran las diez de la noche. Anita vivía en la calle paralela, así que se despidió. Elena debía tomar el autobús hacia el barrio.
—Ves visiones, Anita. Hasta mañana.
—Mañana seguimos.
—No, por favor. Es un tema aburridísimo.
Un coche frenó a su lado: un Seat 600 azul bastante usado.
—Voy para casa, Elena —dijo Pedro desde la ventanilla—. Si quieres subir…
Las dos amigas se miraron, con una sonrisa cómplice.
—Claro que subo —respondió Elena, y luego a Anita—: Hasta mañana.
—¿Es tuyo? —preguntó Elena cuando el coche arrancó.
—No, pero como si lo fuera. Lo reparamos en el taller y lo estoy probando.
—Cierto, no me acordaba de que siempre vas en coche.
—Aunque no sean míos.
Elena sonrió sin decir nada. Hubo un silencio largo. Pedro bajó la velocidad y la miró. Ella pensó en las palabras de Anita. Tal vez tenía razón: los ojos de Pedro eran muy serios, profundos… más de lo que debería tener un hombre joven que lo expone todo en la mirada. Había algo oculto en él.
—Elena, quiero decirte algo.
Ella no captó al instante la solemnidad.
—Dime.
—Sabes que no soy un sentimental.
Elena frunció el ceño. ¿Y a ella qué le importaba eso?
—Pedro, apenas te conozco.
—¿Cómo que no me conoces?
—Para lo que importa, no. Siempre te he visto en el barrio pero nunca tratamos demasiado.
—Aun así, sabes que soy leal. Y responsable.
—Eso sí lo sé.
—No me gusta ir de cama en cama.
Elena lo miró, sorprendida. La mandíbula de Pedro estaba tensa, la mirada más oscura. ¿A qué venía todo esto? A ella le daba igual si había tenido novia o no.
—Yo nunca te he visto con ninguna mujer—respondió con amabilidad.
—No la he tenido porque no sirvo para engañar. ¿Sabes por qué?
—Supongo que porque ninguna te convenció.
—No. Porque no podía formar una familia.
—Ah.
No se le ocurrió nada más. Su mente empezó a trabajar frenéticamente, buscando una explicación. Entonces él añadió:
—Ahora sí puedo. Mantener una casa, tener una vida cómoda.
Elena sintió un escalofrío. Ahora ya entendía. ¿Era posible? ¿Realmente iba a decir lo que creía?
—Elena…
Lo supo. Lo supo con claridad. Y sintió miedo. Miedo de lo que iba a escuchar, miedo del daño que sabía que iba a causarle. Ella no era de esas que disfrutan rechazando a alguien.
—Pedro —dijo, nerviosa—. No lo digas. No, por favor.
El coche se detuvo en una plaza desierta.