En casa, sus padres, Eugenia y Tomás, se alarmaron al ver el rostro desencajado de su hija.
—¿Qué te pasa? —preguntaron al unísono.
Elena se dejó caer sobre una silla, casi sin darse cuenta.
—Estoy asustada. Me ha pasado algo… inesperado, incómodo. No me lo esperaba.
Les contó todo con la voz entrecortada.
—No quiero hacerle daño —terminó diciendo—. Le tengo cariño como vecino, pero nada más. Y no soy una tonta presumida que disfruta rechazando a un hombre. Él, que me conoce, no debería haberme dicho nada. ¿Verdad que no debía, papá?
Su padre bajó la mirada, pensativo. Elena buscó en su madre un gesto tranquilizador, pero Eugenia permanecía seria.
—Mamá… ¿verdad que no debía?
Eugenia suspiró.
—Elena…
—Sí, mamá, ya sé que le apreciáis, pero yo…
Tomás intervino.
—Hija, no todos los hombres saben callarse cuando aman.
—Pero yo no tengo la culpa de que él esté enamorado de mí —protestó Elena—. Jamás le di pie. Nunca lo imaginé. Mamá, ¿qué opinas?
Eugenia tomó las manos de su hija.
—Si fuera por mí, te diría: corre a sus brazos con Pedro. Es un hombre que hace felices a las mujeres. Pero sé que no serviría de nada mi consejo.
—No.
—Por eso me callo.
—¡Pero ya lo has dicho! —protestó Tomás.
Eugenia lo miró fijamente.
—Dime tú, Tomás. Entre Alejandro y Pedro… ¿a quién preferirías como yerno?
—Hum…
—Yo ya lo tengo claro —intervino Elena, impulsiva—. Pero puedes hablar: no me vas a influir.
Tomás encendió un cigarrillo. Con un pitillo en la mano, siempre hablaba mejor.
—Voy a ser sincero. Esta mañana hablábamos de Alejandro y te dije que estaba contento con tu relación. Pero jamás imaginé que Pedro estuviera interesado en ti. Ante un príncipe, tu novio y Pedro… me quedo con Pedro.
—¡Papá!
—Tomás…
—Hay que conocer a Pedro de cerca. Es un hombre admirable. Nada más.
—Yo amo a Alex —replicó Elena—. Y Pedro es solo un vecino.
Tomás se retiró a dormir. Su madre le sirvió la cena en silencio. Y Elena, agotada, apenas pudo probarla.