Elena salió de casa más temprano que de costumbre para evitar encontrarse con Pedro en la puerta del taller. Pasó por delante casi corriendo y subió al autobús a trompicones. Se sentía aturdida; había pasado la noche en vela y la punzada en la sien era como la sombra persistente de una pesadilla.
Cualquier otra en su lugar se habría sentido halagada. Ella no. Y no por falta de autoestima, sino por él. La idea de volver a verle le provocaba un malestar extraño, mezcla de turbación y desconcierto.
A la salida del trabajo propuso a Anita entrar en un café.
—¡Qué raro en ti! —exclamó su amiga—. ¿No temes que te vean los amigos de Alejandro?
—Me duele la cabeza. Voy a tomar una aspirina… y además, quiero hablar contigo.
—¿Qué te ocurre? Estuviste ausente toda la mañana. Tú, que nunca cometes faltas en las cartas comerciales, hoy las has llenado de erratas.
—Estoy aturdida, Anita.
Ya sentadas, Elena le relató lo sucedido la noche anterior. Hubo un largo silencio. Mientras tanto, sorbió el café y se tragó la aspirina sin agua.
—Así se hacen las úlceras —comentó Anita.
—¿Qué dices?
—La aspirina —aclaró—. De lo otro… ya es distinto.
Elena la observó con inquietud.
—¿No me dices nada?
—¿Y qué quieres que te diga? ¿Quién soy yo para resolver estos asuntos?
—Ayer te reías ante la idea de que Pedro y yo… —murmuró Elena.
Anita meditó unos segundos.
—Mira, me reí y quizá me ría aún —admitió—. Sois opuestos por naturaleza. Tú eres fina, delicada. Estás hecha para un hombre como Alejandro. Él es adusto y difícil de comprender, pero… ¿sabes realmente cómo ama ese hombre? Hay quienes, pese al porte duro, esconden ternura. ¿Y si Pedro fuera uno de esos?
—Yo no le amo.
—Lo sé.
—Ni le amaré nunca.
—También lo sé —concedió—, pero te duele haberle rechazado.
—Es un vecino. Le estimo. Además, gracias a él mi padre tiene un trabajo descansado.
—No te duele por eso —negó Anita—. Te dolería rechazar a cualquier chico del barrio. Lo mejor es olvidar lo ocurrido y, puesto que amas a Alejandro, casarte con él cuanto antes.
—Y sería causándole otro dolor a Pedro…
Anita arqueó una ceja.
—¡Y qué importa Pedro! Me asombras, Elena.
La joven suspiró, inquieta.
—Compréndeme.
—Lo intento desde que empezaste a hablar.
Elena se quedó callada. Sabía que, en el fondo, parte de su angustia provenía de la dignidad herida que Pedro había despertado sin querer.