El Hombre de Enfrente

...

Por la tarde, Madrid amaneció cubierto de nieve y un frío punzante lo envolvía todo. Elena salió de casa con un elegante abrigo gris. Al llegar al taller lo vio apoyado en la puerta. Era la primera vez que se encontraban desde la noche anterior. Estuvo a punto de cambiar de acera, pero lo consideró ridículo.

Esperaba ver tristeza en sus ojos. Sin embargo, Pedro sonrió con absoluta naturalidad.

—Vas a mojarte —comentó, como quien dice unas triviales buenas tardes.

—Voy protegida —respondió ella, evitando su mirada.

—Hace un día espantoso.

—Sí, en efecto.

—Hasta luego, Elena.

Ella siguió su camino contrariada. ¿No era eso lo que deseaba? ¿Indiferencia? ¿Por qué, entonces, le molestaba tanto?

Alejandro la esperaba a la salida. Siempre elegante, rubio, distinguido, con aquella mirada sarcástica que a Anita le resultaba insufrible. A su amiga jamás le había gustado “aquel tipo”, como lo llamaba: demasiado pagado de sí mismo, demasiado consciente de su apellido y del título de su padre.

Estaban en una sala de fiestas cuando él habló por fin:

—Mis padres se han enterado de lo nuestro.

—¿Y bien?

—No les gusta —respondió él con frialdad.

Elena contuvo el temblor. Presentía que Alejandro elegiría la crueldad antes que cualquier rodeo.

—¿Qué objeciones ponen?

—Tu condición social.

—Soy una mujer culta, Alejandro, y tú lo sabes.

—Eso no importa —dijo él, hastiado—. Entre una chica frívola de mi mundo y una joven intachable del tuyo, para mis padres la elección es evidente.

Elena apuró su té sin expresión.

—No me interesa lo que piensan tus padres, sino lo que piensas tú.

—A mí sí me interesa lo que piensan ellos.

—¿Qué quieres decir?

El joven la miró sin afecto, calculando.

—Que tendremos que vernos menos.

—¿Has dejado de quererme? —preguntó ella con un hilo de voz.

Él se impacientó.

—No, claro que no. Es por mis padres.

Pero la verdad, la que no dijo, era otra: Elena era demasiado pura, demasiado seria, demasiado… honesta para su gusto. Su mundo no toleraba “muchachitas de barrio”. Ese lugar estaba reservado a jóvenes de su clase, como había ocurrido con sus hermanos.

Elena, sin quererlo, pronunció aquello que llevaba guardado:

—Quien se casará contigo soy yo.

Alejandro la miró largo rato, sorprendido por su ingenuidad.



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En el texto hay: amor, trahición

Editado: 03.01.2026

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