Aquella noche, al regresar a su barrio, aún con el corazón encogido por la conversación con Alejandro, escuchó la voz de Pedro.
—Buenas noches, Elena.
Él acababa de cerrar el taller. Su rostro parecía una estatua tallada por la luz del farol. Había en él una quietud inquietante.
—Muy tarde cierras —dijo ella.
—Hubo trabajo extra. Tu padre se marchó hace un momento.
—Buenas noches, Pedro.
—¿Oye… saldrías una noche conmigo?
—No. Ya sabes que tengo novio —respondió sin pensar.
—Sí —susurró él—. Ya te vi llegar con él. Perdona.
Ella siguió su camino. Y, sin embargo, le disgustó que él aceptara tan rápido la negativa.