A medida que avanzaba la semana, la humillación por Alejandro crecía en silencio dentro de ella. Él dejó de ir a buscarla. No dio explicaciones. En la oficina empezaron las ironías.
—¿Se ha cansado el condesito? —decían unos.
Otros simplemente la miraban, lo cual la hería aún más.
Cuando un compañero mencionó que había visto a Alejandro con una muchacha de alta sociedad, algo dentro de Elena se quebró. Decidió aceptar un noviazgo nuevo, el que fuera, solo para demostrar que nada le afectaba. Pero ninguno de los hombres que la admiraban le gustó.
Hasta que, una noche, al ver de nuevo a Pedro, ocurrió algo que no esperaba.
Él la saludó como siempre. Y Elena, sin saber cómo, se detuvo frente a él.
—¿Tienes planes para mañana domingo? —preguntó ella.
Pedro negó.
—¿Por qué lo dices?
—¿Quieres hacer planes conmigo?
Él la miró sorprendido. Y, con voz contenida, respondió:
—Sí.
Le habló de Barajas, del vermut, de la parrilla del Rex. Ella aceptó todo casi sin escucharle, como si actuara guiada por una voluntad ajena.