A la mañana siguiente, se pintó cuidadosamente para borrar cualquier huella de tristeza. Nadie debía notar su dolor. Ni Anita. Ni sus padres. Ni Pedro.
Cuando Anita la llamó, Elena fingió una alegría radiante. Luego Pedro la telefoneó para concretar la hora y ella sintió que el corazón le temblaba, pero dijo “a las doce” con total seguridad.
Su madre la observó con inquietud.
—¿Vas a salir? ¿Con Anita?
—No… con Pedro.
Eugenia y Tomás intercambiaron una mirada silenciosa. Comprendían el peligro de aquella impulsividad surgida del orgullo herido.