La mañana con Pedro transcurrió en calma. Él fue discreto, atento, respetuoso. No mencionó su amor ni el rechazo pasado. Y esa contención le ganó, sin que ella lo admitiera, un respeto nuevo.
Mientras regresaban, Elena lo miró sin disimulo. Vestía con corrección, con ropa sencilla pero con clase. Su mirada era un misterio insondable, profunda y oscura como un pozo antiguo. No pudo evitar pensar: Ese hombre guarda algo que nunca sabré descifrar.
Él la dejó en casa y volvió por la tarde, fiel a su palabra.
Antes, en su propia vivienda, su madre lo había observado con preocupación.
—Pedro, no te hagas ilusiones. Es joven y hermosa…
—Lo sé —respondió él, pasándose la mano por la frente—. Prefiero no pensar en después.
Rita suspiró. Conocía demasiado bien el corazón de su hijo. Y sabía que, cuando él amaba, lo hacía para siempre.