El Hombre de Enfrente

Capitulo 4

La vio nada más llegar. A Elena casi se le aflojaron las piernas, y dos manchas rojas le subieron al rostro. Allí estaba Alejandro, rodeado de un grupo elegante de chicas y hombres jóvenes, inclinándose con su habitual galantería hacia la misma muchacha distinguida con la que ella lo había visto salir de la sala de té la noche anterior. Pedro caminaba a su lado, llevándola del brazo con una corrección que ella agradeció en silencio; incluso había hecho el esfuerzo de vestir algo más formal aquella tarde. Aun así, Pedro seguía siendo un hombre corriente, de treinta y dos años, sin brillo social. Y eso, inexplicablemente, la irritó.

Alejandro también la vio. Sus ojos se cruzaron con los de ella, y en los de él brilló un destello irónico. Elena sintió la humillación en lo más profundo. Pasó junto a él con la cabeza erguida, fingiendo no oír el comentario que él murmuró a su grupo, aunque lo sintió como un latigazo cuando todos la miraron.

Miró a Pedro. Pensó: «No se ha dado cuenta de nada». Pero se equivocaba. Pedro había visto, había sentido, y un malestar áspero se le instaló por dentro, aunque supo disimularlo.

Por la mañana la había notado cerca, cálida; por la tarde la sintió distante, ausente, y no pudo evitar detestar al joven rubio que acaparaba de nuevo la atención de Elena.

Cuando Alejandro se acercó a ella, ella lo esquivó. Habló después con Pedro de mil cosas inconexas, palabras sin ilación, y él deseó fervientemente que la tarde terminara. Y terminó, por fin. Pedro la ayudó a ponerse el abrigo, notando cómo Alejandro lo observaba de arriba abajo, como evaluándolo.
«Dentro —pensó Pedro, irritado—, no entrarás. No es tan fácil.»

Salieron al exterior. Elena respiró profundamente, aliviada. Pedro hizo un comentario trivial y subieron al viejo “cuatro-cuatro”. El trayecto transcurrió en un silencio denso. Al llegar a la barriada, él preguntó:

—¿Salimos mañana?

—Ve a buscarme a la salida de la oficina.

—De acuerdo.

Y salieron un día y otro. Los compañeros de trabajo, que al principio miraban a Elena con ironía, dejaron de hacerlo. Entre Alejandro, el figurín pijo, y Pedro, el hombre sencillo que iba a recogerla cada tarde, Pedro salía ganando.

—Con ese te casarás —le soltó un día el más atrevido de la oficina—. Ese es un hombre. El otro era solo fachada.

Elena no respondió. Ni antes ni después.

Anita, discreta, veía y callaba. Pero una tarde Pedro no fue a buscar a Elena y ambas caminaron juntas.

—¿Por qué no ha venido? —preguntó Anita.

—Está fuera.

—Ah.

Guardaron silencio. Elena no quería hablar de Pedro. Anita, sí.

—¿Qué hay entre vosotros?

—Nada.

—¿Nada? ¿No confías en mí?

—Dejemos eso, Anita.

—No. Necesitas hablar. Estás como perdida en tu propia debilidad.

—Te aseguro que no.

—Amaste a Alejandro. No me digas que lo has olvidado. Tú no eres de las que olvidan así.

Elena apretó los labios.

—Prefiero hablar de otra cosa.

—Somos de la misma edad —continuó Anita, sin perder la calma—. Vemos las cosas con la misma experiencia, pero una se analiza peor a sí misma que a los demás. Y yo te observo desde que sales con Pedro.

—No me interesa tu análisis.

—Elena… ¿ya no somos amigas?

—¿Qué tiene que ver?

—Mucho. Si me siguieras apreciando, no estarías tan reservada.

Elena se detuvo, agarró el brazo de su compañera.

—Te ruego que no me hagas más preguntas.

—Por despecho no, Elena —murmuró Anita, triste—. No te cases por despecho.

Elena no contestó. Llegó el autobús y subió sin mirar atrás. Anita la siguió con la mirada hasta que el vehículo desapareció en la distancia.



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En el texto hay: amor, trahición

Editado: 03.01.2026

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