El Hombre de Enfrente

...

No esperaba verlo allí, bajo el farol de la plaza. Cuando lo tuvo delante, sintió la bofetada de los recuerdos.

—Elena.

—¿Tú? —dijo sin fingir sorpresa.

—Sí. ¿Tan raro te parece?

—Raro no; inconcebible, sí.

—Ni lo uno ni lo otro. Nos debemos una explicación.

—Te equivocas, Alex. Y además —añadió con frialdad—, no quiero que me vean contigo.

Estaban frente a frente, a la entrada de la plaza que conducía a la barriada obrera. Pedro no regresaría de Barcelona hasta final de semana. ¿Lo echaba de menos? No. Le tenía aprecio, estaba bien a su lado, pero no era amor. Y eso ella lo sabía. Su amor seguía siendo Alejandro. Pero tampoco permitiría que él volviera a humillarla.

—Te debo una explicación —insistió Alejandro—. No quiero que me juzgues mal.

Ella supuso que él iba a anunciar su compromiso con la mujer distinguida que lo acompañaba últimamente. No soportaría otra humillación. Se adelantó.

—No tienes nada que explicarme —mintió con seguridad—. Yo también te debía explicaciones. Me caso. Ya lo pensaba cuando salía contigo. Siempre estuve enamorada de Pedro.

Alejandro abrió los ojos, sorprendido, y luego sonrió, complacido.

—¡Elena! Qué satisfacción me das. Yo venía a decirte, con cierta timidez, que también me caso…

—¿Ah, sí? Pues mira qué casualidad.

Le ardió la cara. El corazón le dolió como si se rompiera. Pero la luz tenue del farol enmascaraba su malestar.

—No podré querer a otra mujer como te quise a ti —admitió Alejandro, con una voz demasiado viva—, pero… ya sabes. Mi posición. Mi familia. No tengo independencia económica y tú eres una chica... humilde. Con el tiempo, seríamos desgraciados. ¿Lo comprendes?

—No es cuestión de dinero —contestó ella, altiva—. Nunca lo fue.

—Entonces me mentiste.

—No. Nos equivocamos. Eso me pasó contigo.

Él suspiró.

—Lamentable.

—¿Esperabas que me echara a llorar?

—No. Solo que pudiéramos seguir siendo amigos.

—¿Eso es una ofensa?

Él calló. Ella zanjó:

—Olvidémoslo. Te felicito. Puedes felicitarme tú también.

—No.

—¿No?

—Saber que te vas con otro será una tortura.

—¿Cómo llamas a eso?

Él hizo un gesto impreciso.

—No siento remordimiento —dijo con frialdad—, pero sí irritación. Y pesar. Eres … —la voz le salió con un fervor que a ella le resultó desagradable—. Cuesta renunciar a ti. Y pensar que te llevará ese paleto vulgar…

“Paleto vulgar”. Sí. Pedro lo era. Y Alejandro acababa de golpearla donde más dolía.

—Te prohíbo hablar así de él.

Se oyó ridícula al decirlo, pero aún así dio media vuelta y se alejó corriendo en la oscuridad. Alejandro no la detuvo.

Para él, Elena había sido un sueño dulce e imposible. Durante un tiempo creyó que podría ser su amante, quizás. Pero renunciar a ella costaba, y en el fondo la envidiaba al pensar en el hombre que la tendría.

A la mañana siguiente, su padre fue quien soltó la noticia durante el desayuno, con un tono que hacía evidente que lo decía para que ella lo escuchara.

—Ha llegado el jefe, Eugenia. Tengo que ir pronto al trabajo —comentó.

—¿Pedro? —preguntó la madre—. Rita creía que llegaría el sábado.

—Lo sé. Pero llegó ayer a medianoche. Me lo ha dicho al llamar. Y además —añadió, admirado— se ha traído un Seat nuevo. Se lo adjudicaron hace una semana. Ese muchacho llegará lejos. Dicen en contabilidad que Pedro no se deja comprar ni con dos millones.

—¡Madre mía! —exclamó la madre—. Eso es muchísimo dinero.

—Mucho, sí. Y está ampliando el taller. Ha comprado maquinaria nueva.

Elena se levantó de golpe. Si intentaban impresionarla, perdían el tiempo. La riqueza no le importaba. Solo su desquite.

Había dicho a Alejandro que se casaba con Pedro. Así que aceptaría casarse con él en cuanto Pedro lo propusiera. Estaba decidida, aunque el sabor amargo en la boca la traicionaba.



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En el texto hay: amor, trahición

Editado: 03.01.2026

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