Cuando vio a Pedro, apoyado en la puerta del taller con su jersey azul y los pantalones oscuros de siempre, sintió un vuelco extraño. Él la miraba con un brillo intenso, casi desconcertante.
—Hola —dijo ella.
Pedro no respondió de inmediato. Solo la observó, fijo, como tratando de descifrar algo.
—Hola —repitió ella, torpe—. Te has quedado tonto.
Él parpadeó, recuperándose.
—Un poco.
—¿Qué tal el viaje?
—Bien. ¿Y tú? ¿Qué has hecho mientras no estaba?
—Nada especial. Me han dicho que te has traído un Seat nuevo.
Pedro sonrió.
—Sí. Lo tenía pedido desde hace tiempo. ¿Quieres estrenarlo esta tarde?
—Bueno.
—Iré a por ti. A la una no puedo; tengo una reunión.
—Está bien.
Ella se marchó. Pedro la siguió con la mirada hasta que desapareció. Luego regresó al taller, aún pensativo.