A la salida de la oficina, Anita volvió a intentarlo. Elena prefería enterrar el tema.
—¿Cuándo vuelve Pedro?
—Ya llegó.
—¿Sí? Dijiste que tardaría más.
—Pues ha vuelto. Y salgo con él esta tarde.
—¿Y qué, Elena?
—¿Qué?
—¿En qué va a acabar eso?
—En boda.
Anita se detuvo. Sus ojos se abrieron con una mezcla de preocupación y desconcierto.
—Vas demasiado lejos. Pedro es un buen hombre. No merece una faena así.
—Me ama.
—Alguien que ama de verdad necesita sentirse correspondido.
—¿Y por qué no puedo corresponderle?
—Porque aún quieres a Alejandro —respondió con calma.
Elena no lo negó. No quiso. Pero tampoco aceptó.
—Eso era antes —dijo, con un desdén que Anita no creyó.
—Si quieres un consejo…
—¡No!
—Lo necesitas.
—Te equivocas. Si me caso con Pedro, lo haré segura de lo que hago.
Anita suspiró.
—Dios mío… no imaginé que tu orgullo fuera tan grande. Ni que tu amor por Alejandro fuera tan profundo.
—¿Quieres callarte ya? —cortó Elena. Después, con indiferencia—: Ya llega mi autobús. Hasta luego.
Anita la observó subir al vehículo. Como tres días antes, se quedó quieta y sola, en la acera.