La sala de fiestas estaba llena de luces cálidas y música suave cuando Pedro se inclinó hacia Elena y le dijo:
—Mi madre quiere conocerte.
Elena alzó una ceja con sorpresa.
—¿Pero no me conoce ya?
—Dice que la última vez que te vio aún llevabas el uniforme del colegio. Ya sabes que hace años que no sale de casa. El reuma la tiene medio paralizada. Se pasa los días sentada, haciendo punto.
Él lo explicaba con un cariño que a Elena le despertaba una mezcla extraña de incomodidad y ternura. Iban a casarse a finales de la semana siguiente; Pedro ya le había puesto en el dedo una sortija de brillantes tan costosa como sólida. Pero, aunque la boda estaba prácticamente encima, Elena no había pensado demasiado en la trascendencia del paso. Solo había una idea fija en su cabeza: casarse antes que Alejandro. Y esa simple idea, por absurda que fuera, le producía una satisfacción profunda.
Todo lo demás —irse de casa, vivir con Pedro, asumir un matrimonio sin amor— aún no había penetrado en su conciencia. Era como si su corazón se negara a formar parte de aquel proyecto, de aquella decisión tomada únicamente por orgullo.
Pedro seguía hablando de su madre con devoción, y ella fingía acompañarlo con sonrisas.
—Es una mujer extraordinaria, ya lo verás —decía él—. Nunca tendrás una suegra intransigente. Está feliz de que nos casemos. Me abrazó cuando se lo conté… hasta lloró. Creo que llevaba tiempo sospechando lo mucho que te quería.
Elena, por primera vez, sintió un leve temblor de pánico. Intuyó que el futuro sería un continuo fingimiento, una sucesión de pruebas que la desgastarían. Y lo peor era que Pedro era bueno, sencillo, honrado… demasiado honrado para ella.
Por eso le molestaba tanto que Rita, su futura suegra, quisiera verla.
Sin embargo, cuando por fin la conoció, la impresión fue muy distinta a la que esperaba.
Rita la contempló desde el sillón en el que permanecía casi postrada, con un brillo cálido en los ojos.
—Eres incluso más bonita de lo que imaginé —murmuró, besándola con ternura.
Elena sintió que se encogía por dentro, empequeñecida ante aquella sinceridad que parecía envolverlo todo. Pedro la miraba desde la esquina de la estancia como si contemplara un milagro.
«Me quiere demasiado… y eso me aterra», pensó ella, desconcertada por primera vez.
«¿Tengo derecho a engañarle? ¿A esta mujer también? Pero no retrocederé. Miles de mujeres se casan así… Yo puedo fingir».
Rita continuó hablando, con esa voz suave y gastada de mujer que ha sufrido más de lo que admite:
—La última vez que te vi debías de tener quince años, todavía con el uniforme. ¿Cuántos tienes ahora?
—Veinte dentro de dos meses.
—Cómo pasa el tiempo… Recuerdo verte salir del patio con tu traje de comunión. Yo ya no salgo casi nunca, hija. Me paso el día en este sillón, y cuando camino por la casa necesito un bastón —sonrió, como disculpándose—. No os daré mucha guerra. Quizá me muera pronto, pero antes me gustaría conocer un nieto…
Elena se estremeció. La palabra nieto le cayó encima como un peso frío. Tener un hijo con Pedro… compartir su intimidad, sus caricias… La idea la sacudió como un golpe.
Pedro, que estaba de pie junto a ella, apoyó una mano en su hombro con un gesto casi posesivo.
—No digas eso, mamá —respondió con ternura—. No conocerás solo uno, tendrás varios nietos.
Elena respiró con alivio cuando salieron por fin a la calle. La casa de Pedro tenía un encanto extraño: la calidez humilde de un hogar bueno. Y eso la hacía sentir todavía peor.
Él pasó un brazo por su cintura y ella se estremeció sin poder evitarlo.
—¿Te pasa algo?
—Frío —mintió—. Al salir a la calle me ha dado un escalofrío.
—¿Qué te ha parecido mi madre?
—Encantadora —dijo, sincera esta vez.
Pedro sonrió con una paz inmensa.
—Ha sido mi consejera toda la vida. He pasado con ella alegrías y penas… La venero, Elena. Y ahora tú y ella sois lo único que tengo.
Llegaron al portal de la casa de Elena. Como cada noche, él la llevó hasta el rincón entre puertas para besarla. Sus besos eran largos, profundos, ardientes. A ella la adormecían, la paralizaban, le apagaban el alma.
—A veces —susurró él, con dolor— siento que aceptas mis besos… pero no los sientes.
Ella volvió a refugiarse en la misma excusa de siempre: la inexperiencia. Y él la creyó. La amaba demasiado para no hacerlo.