El Hombre de Enfrente

...

La boda se celebró en un salón amplio del barrio, conocido por acoger bautizos y cumpleaños. Fue una boda grande, casi ostentosa para una zona obrera. Elena estaba radiante. Pedro, solemne, con ese aire de hombre que sabe que está viviendo el día más importante de su vida.

Entre los invitados estaba Anita, sentada en un rincón, mirando la escena con una tristeza profunda que nadie más advirtió. Lo sabía. Sabía que Elena no amaba a Pedro. Y aquel desasosiego la acompañaba como una sombra.

Cuando empezó el banquete, Elena se inclinó hacia ella.

—Voy a cambiarme. ¿Vienes conmigo, Anitita?

Pedro las interceptó. Anita vio en sus ojos un amor tan grande que sintió un nudo en la garganta. También vio el leve parpadeo nervioso de Elena. Y entendió: la boda empezaba y Elena ya quería huir.

—Nos iremos pronto —dijo Pedro, sonriendo—. Yo también me cambiaré, pero aún debo atender a los invitados. Tú descansa un rato, cariño. Anita te acompañará.

Miró a Anita con afecto sincero.

—Cuídala, por favor. Es lo más grande de mi vida.

Ni Anita ni Elena respondieron.

Pedro volvió al salón, pero su mente divagaba. Recordaba a Elena de niña, con coletas rubias. Recordaba su primera fiesta, su primer baile, la primera vez que la vio con tacones… La había amado en silencio demasiado tiempo. Y ahora era su esposa. Su esposa. La felicidad le llenaba el pecho.

Hasta que escuchó el llanto.

Cruzó la calle, entró en la casa de Elena. Voces. Llantos. Murmuraciones entrecortadas. Se detuvo frente a la puerta de la alcoba. La mano en el pomo. Pálido. Tenso. Algo dentro de él sabía que no debía escuchar… y aun así escuchó.

—Mi amor es de Alejandro —sollozaba Elena—. Tú lo sabes.

Pedro cerró los ojos. Supo que su vida se quebraba justo allí, sin que nadie le viera.

—¿Por qué te has casado entonces? —preguntaba Anita con voz desesperada.

—Porque él se casaba antes —gimió Elena—. Tenía que hacerlo antes que él. No estoy arrepentida. Ni lo estaré. ¡Tenía que hacerlo!

Un gemido se escapó de ella. Pedro la imaginó desplomada sobre la cama.

—Y ahora tengo que vivir con Pedro… Ser su mujer… soportar sus besos, su ternura… ¡Dios mío...!

Pedro sintió vergüenza, humillación… y una ira tan honda que le temblaron los dedos en el pomo de la puerta. Durante un instante oscuro quiso cruzar el umbral y estrangular esa voz que lo destruía. Esa voz que hablaba de sus besos como si fuesen una condena.

Pero se quedó ahí, quieto, escuchando cómo se desmoronaba todo lo que había soñado.

—Le detesto —gimió Elena—. Le detesto con todas mis fuerzas. Le odiaré mientras viva.

Eso fue lo que rompió la puerta por dentro.

Cedió con un crujido.

Anita y Elena se giraron. Pedro estaba en el marco, inmóvil, como si lo hubieran tallado en piedra.

Elena palideció hasta quedarse sin color.

—Pedro… —susurró.

Él no dejó de mirarla ni un segundo.

—Anita —dijo con voz serena, inexplicablemente serena—. Por favor, déjanos solos.

Anita bajó la cabeza.

—Sí, Pedro.

Salió temblando y cerró la puerta.

Y entonces, por primera vez desde que la amaba, Pedro estuvo verdaderamente solo con Elena.



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En el texto hay: amor, trahición

Editado: 03.01.2026

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