Elena aún vestía el traje de novia, que sobre su cuerpo parecía una burla, un recordatorio grotesco de la felicidad que no había llegado. Se dejó caer sobre el borde del lecho bajo la mirada fija y contenida de Pedro. Era el mismo hombre adusto, silencioso y frío que había sido dueño del antiguo taller… y, al contemplarlo así, Elena sintió miedo.
—Ya lo sabes, Pedro —susurró con un hilo de voz—. Lo has oído todo.
—Sí.
—Pues no te quedes tan callado y… escúpeme a la cara.
Una sonrisa indescifrable curvó apenas los labios de él.
—No acostumbro a hacerle eso a una mujer. Siempre las he respetado y tenido en el más alto concepto.
—Yo no soy merecedora de tu consideración.
—No.
—¿Es eso lo único que vas a decirme?
Pedro inspiró hondo. Su voz, cuando habló, tenía una profundidad que ella jamás le había escuchado.
—Tendría mucho que decirte. Pero no pienso decir nada.
—¿Es esa tu venganza?
Otra sonrisa, apenas un gesto, se dibujó sin llegar a sus ojos.
—Una vez te pedí lealtad. Prometiste dármela. Te creí. También te advertí que no perdonaría una deslealtad.
—Y he sido desleal.
—Mucho.
Lo dijo con firmeza, y Elena se estremeció. Habría preferido la ira, un reproche desgarrado o incluso una bofetada antes que aquella voz distante, como si no surgiera de un ser humano sino de un lugar helado y sin vida. Comprendió en ese instante el daño terrible que había causado y, con una angustia casi infantil, deseó que todo pudiera desvanecerse.
—Pedro… —empezó, tartamudeando—. Yo… —se levantó de golpe—. ¡No me mires así! —exclamó, cada vez más alterada.
Él no respondió.
—Pedro… —repitió, retorciéndose las manos—. Yo…
—Descansa, Elena. Lo necesitas.
—Voy… voy a cambiarme de traje.
—No te apures. Hazlo con calma. —Y, con brusquedad, dándose la vuelta hacia la puerta—: No iremos de viaje.
Elena sintió un estremecimiento seco recorrerle el cuerpo.
—¿Qué dices?
—Que no habrá viaje.
—No… no pretenderás que pasemos… la luna de miel en el barrio…
Ya tenía la mano en el picaporte. La abrió sin dudar.
—No habrá luna de miel —sentenció.
Y salió.
Elena quedó de pie junto a la cama, mordiendo un pañuelo de encaje, con los ojos fijos en la puerta que acababa de cerrarse. Parecía petrificada, sin aire.
Así la encontró Anita minutos después.
—Elena.
Ella la miró como si no la reconociera.
—Elena…
Sus ojos eran otros. Vacíos. Distantes.
—Elena, ¿quieres reaccionar? ¿Qué te dijo?
La recién casada se dejó caer en la cama, rígida, con la mirada perdida en el techo, como una estatua rota. Anita se inclinó hacia ella y susurró:
—¿Qué te dijo?
—Nada.
—¿Nada?
—No me reprochó, no me pegó, no me escupió —se incorporó bruscamente, ocultó el rostro entre las manos y sollozó—. Y lo merecía, ¿verdad que lo merecía, Anita?
—Sí, Elena, lo merecías.
—Y solo me miró… —lloró con un desconsuelo que desgarraba—. Pero su mirada era una acusación, peor mil veces que cualquier bofetada. He sido una loca. He sido injusta. ¿Verdad que lo he sido?
—Sí, Elena. Lo has sido. Pero ahora ya no tiene remedio.
—¿Y qué debo hacer? Dime, ¿qué hago?
—Esperar.
—No iremos de viaje, ¿sabes?
—¿No? ¿Y qué va a ocurrir?
—No lo sé…
Y no ocurrió nada extraordinario, salvo que el viaje no tuvo lugar.