Pedro tenía prisa. Comió con rapidez y salió. Elena lo encontró en la escalera, doblando el periódico en la mano. Al verla, se detuvo y posó sobre su rostro una mirada intensa, que hizo sonrojar a la joven. Por un instante, quiso decir algo; sus labios se movieron, pero se cerraron de inmediato, sellados por una mezcla de timidez y ansiedad.
—Creí que te quedarías a comer con tus padres —dijo Pedro, deteniéndose en el rellano.
Ella alzó los hombros, vestida con una falda y un jersey blanco bajo la chaqueta de ante, y zapatos altos que estilaban sus piernas. Su figura, contenida y elegante, parecía inocente y a la vez provocativa. Pedro la envolvió con su mirada, y ella, consciente de ello, apartó los ojos.
—Sin advertirte, no me hubiera quedado allí —dijo Elena, con voz suave, casi temblorosa.
—Ya —respondió él, retomando el paso—. Hasta luego.
—Por la tarde iré de compras con mamá, si no tienes inconveniente —añadió ella.
—No lo tengo —dijo él, con frialdad calculada. Y continuó su camino.
Elena se dirigió con su madre, y pasó toda la tarde como ausente. Su mente estaba ocupada en Pedro, en su actitud adusta y en la distancia que parecía construir a cada momento. Eugenia, preocupada, trató de distraerla:
—Pareces alelada, hija —comentó mientras recorrían los escaparates—. ¿Merendamos en un sitio elegante? Hace años que no me siento una potentada.
—¿Te has considerado así alguna vez? —preguntó Elena, apenas prestando atención.
—Recuerdo una vez —sonrió Eugenia, nostálgica—, cuando tú hiciste la primera comunión, que tu padre y yo ganamos algo en la lotería. Tres mil euros, para ser exactos. Salimos a cenar y luego a un baile. Fue un instante de felicidad sencilla.
—¡Mamá! —exclamó Elena, sorprendida por la sinceridad.
—Sí, hija. Rejuvenecimos por unas horas, libres de preocupaciones. Eso es felicidad —dijo, observando a la gente alrededor, elegantemente vestida y ocupada en sus propios placeres.
Elena sonrió débilmente, aunque su mente estaba en otro lugar. Alejandro pasó cerca, con una joven a su lado. Elena apenas lo notó. Pedro, sin embargo, era otro mundo: vulgar en apariencia, pero fuerte, seguro y con un aura que Elena no podía ignorar.
—Hola —dijo Pedro al sentarse frente a ella—. Salía del taller cuando me llamaste. Tomás no pudo venir; tiene un trabajo delicado que atender.
Eugenia se asustó.
—Entonces tendré que irme. Pero vosotros os quedáis, ¿verdad?
—Si Elena quiere —dijo Pedro, sin apartar la mirada de ella.
Cuando quedaron solos, Pedro levantó la taza de té hacia sus labios, observando a Elena por encima de ella.
—¿Te agrada este lugar? —preguntó, con intento de indiferencia.
—Sí —respondió Elena—. La vista es hermosa.
—A tu espalda tienes a tu adorador —murmuró Pedro, con un toque de humor sarcástico.
Elena se tensó. La intensidad de su voz, la firmeza de su mirada, la hacían sentir pequeña y vulnerable al mismo tiempo. Pedro se levantó, y ella lo siguió en silencio. Sabía que si Alejandro alguna vez despertaba emociones en ella, no lo haría ahora; su corazón estaba con Pedro, aunque el orgullo y la herida que él le había infligido complicaban cada gesto.
—Me haces daño —susurró, mientras sentía los dedos de Pedro apretando su brazo como garfios de hierro.
—Te advierto que soy endemoniadamente celoso —dijo él, con firmeza.
—¿Celoso? —preguntó ella, con una mezcla de sorpresa y ternura.
—Por supuesto —replicó—. Un hombre celoso ama de verdad.
—Si tú me amas… —titubeó Elena.
—¿Cuándo dejé de amarte? —cortó Pedro, con voz grave y segura.
Ella se quedó sin palabras.
El coche avanzaba por las calles cubiertas de nieve, y cada palabra de Pedro parecía retumbar en su pecho.
—¿Me amas? —preguntó Elena, con un hilo de voz.
—Nunca dejé de amarte —dijo él, mirándola de reojo, con un dejo de dolor contenido.
—Entonces… —intentó Elena, pero no encontró cómo continuar.
Pedro la miró con dureza:
—Tu actitud lo demuestra todo. El amor verdadero y la traición no se olvidan.
Ella suspiró, intentando ordenar sus pensamientos.
—No soy alguien que ame una vez al día —dijo él, rotundo—. Amo una sola vez y para siempre.
—Pedro… —susurró Elena, antes de que él continuara—. ¿Por qué me torturas mencionando hijos que quizás nunca tengamos?
—Porque si me amas, me admitirás en tu intimidad, aunque tu orgullo lo repela —respondió Pedro, con una mezcla de dulzura y rigor.
Elena bajó la vista, consciente de que cada palabra de él era una prueba y una herida al mismo tiempo.
—No contesto —murmuró, nerviosa—. Mi razón de vivir eres tú, pero también temo mi propia debilidad.
—Buenas noches, Elena —dijo Pedro, y salió sin esperar respuesta.