Aquella noche, Elena no cenó. Se quedó tendida en la cama, con el corazón agitado y el pensamiento desbordado por el recuerdo de sus besos, su mirada, su frialdad y su ternura. Escuchó los pasos de Pedro, que iba de un lado a otro, pero no golpeó la puerta ni intentó intervenir.
Al día siguiente, Pedro apareció en la salita, con su porte habitual y las manos manchadas de grasa por el taller. Rita las observaba con ternura, consciente de la tensión silenciosa que envolvía a la pareja.
—¡Qué falta hace un niño en esta casa! —comentó Rita, intentando suavizar el ambiente.
—El tiempo lo dirá —respondió Pedro, con tono neutro—. No depende de nosotros. También a mí me gustaría tener un hijo —dijo finalmente Pedro, dejando escapar un suspiro, mientras su mirada se suavizaba por un instante.
Elena se detuvo, se puso de pie y le dio la espalda, con un temblor contenido.
—Ya… te oí —susurró.
Pedro no insistió. Sabía que la paciencia era ahora la única manera de acercarse a ella, de reconstruir lo que había sido herido.
La luz invernal se filtraba por las rendijas de la ventana, y ambos permanecieron en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Elena, consciente de su amor y de la rigidez de Pedro, comprendió que la pasión y el orgullo podían convivir en un mismo hogar, y que cada gesto, cada palabra contenida, era ahora una batalla silenciosa por el corazón del otro.