Elena estaba sola en la salita cuando Pedro entró. Lo esperaba, aunque no podía decir si deseaba su presencia o temía su mirada. Durante varios días apenas si habían intercambiado unas palabras.
—Hola —saludó él, frío, sin atisbo de afecto.
Ella no respondió al saludo. Con suavidad, dijo:
—Te esperaba.
—¿Qué deseas? —preguntó, directo, sin esconder impaciencia.
—Que te pruebes el jersey que te he comprado —murmuró Elena.
Pedro la miró ceñudo.
—No necesito jerseys. Cuando los necesito, los compro.
Más que las palabras, le hirió el acento, seco y distante, con que las pronunció.
—Tu madre tiene interés en que te lo haga yo —insistió Elena.
—¡Qué sabe mi madre! —replicó él con brusquedad.
—Se… disgustará —titubeó Elena.
—Déjame en paz.
Se hundió en un sofá y desplegó el periódico, como si quisiera ocultarse tras él. De repente, sin levantar la vista, preguntó:
—¿Dónde está mi madre?
—Le dolía la cabeza y se retiró a descansar —respondió Elena.
Pedro se puso de pie con presteza; su semblante se alteró ligeramente.
—Eso es lo que tenías que decirme al llegar —comentó con una rigidez inesperada, y salió ligero, dejando a Elena con el rostro oculto entre las manos.
«¿Qué soy yo comparada con Rita? —se preguntó Elena—. No siento celos, pero me siento cada día más menguada, más sola, aunque mis padres intenten consolarme».
Esa noche, Pedro no volvió. Cenó sola, y Juana, que siempre charlaba, permaneció silenciosa mientras le servía.
—¿Cómo está mamá? —preguntó Elena.
—Mal —respondió Juana, con preocupación.
—¿Desde cuándo? —insistió Elena.
—Pedro llamó al médico —contestó la criada.
Elena dejó la cena a medias y se dirigió al cuarto de Rita. La anciana parecía tranquila, y nadie podría imaginar la gravedad de su dolencia.
—¿Cómo estás, mamá? —preguntó Elena, sentándose a su lado.
Rita tomó su mano con ternura.
—Queridita, estás triste —dijo suavemente.
—Te aseguro que no, mamá —replicó Elena, intentando sonreír.
—Pedro es un poco raro, como su padre lo era —continuó Rita—. Pero yo fui feliz a su lado. Y Pedro te ama mucho.
Elena no respondió. Las palabras de Rita removían un río de emociones en su interior. Amaba a Pedro, incluso en sus silencios, en su adustez, en la forma brutal con que decía las cosas. Amaba los besos que a veces dolían, los momentos de ternura que siempre llegaban tardíos.
—Duerme, querida —susurró Rita—. No dejes que tu imaginación vague entre recuerdos y presagios.
Elena se quedó sentada junto a ella hasta que el día se extinguió. Luego, en casa de sus padres, Tomás regresó del trabajo.
—¡Qué tarde se me hizo! —exclamó Elena—. Pedro ya habrá regresado.
—Salió antes que yo —respondió Tomás, besando su frente—. Fui yo quien cerró el taller. Me dijo que su madre estaba mejor.
—¿Hace mucho que se fue Pedro? —preguntó Elena, sin poder ocultar su ansiedad.
—Bastante. Se marcha a Barcelona esta noche. ¿No vas con él?
—No dejaré sola a su madre —dijo Elena, intentando justificar su decisión.