Tomás la observó con calma, consciente de las emociones que hervían bajo su rostro sereno.
—Eres testigo, Eugenia —dijo Tomás, refiriéndose a su esposa—. Elena está enamorada de Pedro, y él de ella. Pero algo no encaja. Hay secretos, dudas, silencios que pesan.
Eugenia suspiró, incapaz de dar respuesta clara.
—Solo podemos esperar —dijo finalmente—. Solo eso.
—¿Esperar a que la vida de Elena se agote? —insistió Tomás.
—Si llegara el momento, será ella quien nos pida ayuda —respondió Eugenia—. Y entonces hablaremos.
Esa noche, al volver a su hogar, Elena oyó los pasos de Pedro acercarse a su alcoba. No salió a recibirlo. Cuando la voz serena de él preguntó:
—¿Puedo pasar, Elena?
Ella no contestó. Pedro abrió la puerta y permanecieron frente a frente, silenciosos, midiendo cada gesto.
—¿Permites que entre? —preguntó Pedro, y Elena le franqueó la entrada.
Él avanzó hasta la mitad de la alcoba y observó la habitación. Entreabrió los labios en un intento de sonrisa.
—He comprado todo esto con ilusión. En el almacén me consideraron ingenuo. ¿Te parece absurdo?
—No —respondió Elena, con voz débil.
—Me voy de viaje —anunció Pedro—. Solo.
—Te oí —dijo ella.
—Te agradeceré que atiendas a mi madre.
—Siempre lo hago.
—Ahora con mayor interés. Mamá no está bien.
—La atenderé como si fuera la mía —replicó Elena, con determinación. —¿Quieres que te haga el equipaje?
—Ya lo tengo hecho. Juana se ocupó.
—Siempre humillándome —susurró Elena—. Soy tu esposa y parezco una extraña.
—Recordarás que no tengo la culpa —dijo Pedro, seco.
—Me guardarás rencor hasta la muerte —añadió Elena.
Pedro dio la vuelta sin responder. Al abrir la puerta para salir, se detuvo un instante.
—¿No temes que cuando tú olvides, yo recuerde?
—Entonces tendré que pensar que tu amor, ese que me has confesado, es un cuento —dijo Pedro.
—Pedro, no salgas aún. Quisiera decirte algo —pidió ella, anhelante.
Él se detuvo, la miró y permaneció inmóvil.
—Dime, Elena.
—Eres muy duro, Pedro. Yo, en tu lugar, no podría guardarte rencor.
—Si todos los seres fuéramos iguales, el mundo sería… una estupidez. Hasta la vuelta, Elena.
—Espera —rogó ella..
—Dime. Tengo prisa —respondió Pedro.
—Así, no —dijo Elena, temblando.
—¿Cómo, pues?
—Márchate, Pedro. ¡Pienso que llegaré a odiarte tanto! —gritó ella.
Pedro la apresó en sus brazos antes de que pudiera continuar. Susurró con desesperación:
—Me has hecho mucho daño. Quiero olvidar y no puedo. ¡No puedo! Pero eres… la mayor ventura de mi vida y a la vez la más grande pesadilla.
—Pedro… llévame contigo —rogó Elena.
—Cállate —replicó él con voz firme.
—¡Llévame contigo! —insistió.
—¡Cállate, Elena!
Él la soltó, y Elena quedó inmóvil, temblorosa, con los labios doloridos y el corazón palpitando.
—Pedro... —susurró, casi sin aire—. Has llegado a ser la máxima ansia de mi vida. Y tú lo sabes.
Se derrumbó en la cama, dejando que las lágrimas corrieran libres por sus mejillas.