El Hombre de Enfrente

Capítulo 9

Hacía muchos días que Elena no veía a Anita; casi dos meses desde la última conversación en aquella habitación que conservaba ecos de confidencias y secretos compartidos. Por eso se alegró cuando Juana anunció su visita.

Corrió a la salita. La anciana aún no se había levantado; era domingo.

—Anita —exclamó, dejando escapar la emoción contenida.

—Querida Elena. Ya está visto que si yo no vengo a verte, tú… me olvidas —dijo Anita, besándola.

—Olvidarte, no —replicó Elena.

—No me digas que no tienes un rato para dedicármelo —continuó Anita, sentándose finalmente.

—Lo tengo. Pero… siéntate, hazme el favor.

—¿Y él…? —preguntó Anita, ladeando la cabeza con curiosidad.

—No está en Madrid. Hace dos semanas que se ha ido a Barcelona.

—¿Cómo van las cosas?

—Igual que antes. Pero, ¿no te sientas? —insistió Elena.

—Sí, claro. Supongo que podemos salir juntas a tomar el vermut.

—No.

—¿Le tienes miedo?

—No es eso. No tengo humor.

—El castigo que hiciste a los demás, cayó sobre ti —dijo Anita, con una media sonrisa.

—Casi siempre sucede así —respondió Elena, pensativa.

—Sí —asintió Anita, guardando silencio unos instantes—. Elena, ¿no hay forma de ablandar a Pedro? No concibo que un hombre ame y sea tan duro con el objeto de su amor.

Elena le relató la última entrevista, sus palabras cargadas de melancolía. Guardaron silencio. Lo interrumpió Anita, sentenciosa:

—Te ama, sí, pero… ¿no tienes tú arte para atraerlo? ¿Para vencerlo? Hay momentos en que el hombre no es dueño de sí mismo y ese momento tienes que aprovecharlo tú.

—Tal vez Pedro sea diferente —susurró Elena—. No pierde el juicio en ningún momento.

—La gran personalidad del hombre —dijo Anita—. Por eso lo admiré tanto. Y dime, ¿qué dice su madre? ¿Notó algo?

—Nada. Y si lo nota, se lo calla.

—¿Y tus padres?

—Igual.

—Lo que te sucede lo tienes bien merecido, pero… es más duro el castigo que el delito cometido.

Se oyó el bastón de la anciana.

—Viene mamá —advirtió Elena, con un gesto de cuidado—. Ten cuidado con lo que dices.

—Señora —exclamó Anita poniéndose en pie al entrar Rita.

—Hola, hijita. ¿Vengo a interrumpir?

—Claro que no, mamá —replicó Elena, sonriendo.

—He venido a invitarla a pasar un día conmigo —dijo Anita—. Pero se niega.

—Eso sí que no. Te vas con Anita. Por mí, no te preocupes —aseguró Rita—. Esta tarde vendrán tus padres a visitarme como de costumbre.

—Teme —rió Anita— que a Pedro le parezca mal.

—En modo alguno. Pedro es comprensivo.



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En el texto hay: amor, trahición

Editado: 03.01.2026

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