Más tarde, sentadas ante el vermut, Anita comentó:
—Ha dicho que su hijo es muy comprensivo.
—Para ella lo es —contestó Elena.
—Para ti, no —dijo Anita sin esperar respuesta.
—No. Para mí es como una piedra.
—Dime, Elena: ¿Nunca intentó un acercamiento?
—Nunca. Solo el día que se marchó —dijo Elena, con nostalgia—. Me apretó en sus brazos. Creí que me deshacía… Me besó. Pensé que suspendería el viaje y se quedaría a mi lado.
—Quizá hayas tenido tú la culpa de que no lo hiciera —insinuó Anita.
Elena sonrió tristemente.
—Hice todo lo posible por que olvidara su viaje. No deliberadamente, sino porque me salía del corazón. Cuando me miró a los ojos, vi en ellos una luz extraña. Estoy segura de que recordó todo lo que le decía aquel día de mi boda. Ese día, que aún siento como pesadilla.
—¿Y qué hizo?
—Me soltó y huyó. Huyó, como si de pronto tuviera miedo de su propia debilidad.
Horas después, Elena vio el «Seat 600» frente al taller. Su corazón latía con fuerza mientras subía las escaleras. Iba a introducir la llave en la cerradura cuando la puerta se abrió. Alzó las cejas. Allí estaba Pedro, firme, imponente.
—Te he visto llegar —dijo él, y sin esperar respuesta, la empujó suavemente dentro de la casa. Pedro la rodeó por la espalda y la acercó a su pecho. No buscó sus ojos; los adivinaba parpadeantes, cálidos y llenos de duda.
Su boca encontró la de Elena: cálida, sumisa, ligeramente apocada. Por un instante perdió la compostura, y Juana, que atravesaba hacia la cocina, se quedó paralizada, observando la escena.
—Suéltame —pidió Elena con un hilo de voz.
—No voy a poder —susurró Pedro.
—Puedes.
—¿Lo deseas?
—No.
—Elena —dijo él, firme.
Pedro la apartó suavemente y ella buscó su mirada:
—Mírame bien.
—Te miro —contestó él, bajo, intenso.
—¿Qué ves en mis ojos?
—No sé.
—Lo sabes.
—Prefiero no saberlo —dijo Pedro, con voz ronca.
—Eres duro, Pedro. Duro para perdonarme el daño que te hice.
—¿Olvidamos los dos? —preguntó él.
—Para recordar mañana, no —replicó Elena.
—Hay algo dentro de mí que me aconseja creerte. Ha de ser mi propio amor —susurró Pedro—. Y luego existe otro razonamiento.
—Razonamiento, no —dijo Elena.
—Sí. Por encima de mi corazón está el cerebro —replicó él, arrastrándola hacia el fondo del pasillo.
—Te eché de menos —dijo Elena, con ternura.
—Y yo a ti —respondió Pedro.
Ambos lo sabían: algo decisivo se estaba jugando entre ellos. Al llegar a la salita, Rita los observaba envuelta en su manta, los ojos brillando con intuición y aprobación.
—Pedro ya estaba dispuesto a ir a buscarte —comentó Rita.
—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó Elena.
—Me la llevo —dijo, y ambos rieron, liberando la tensión contenida.
Salieron, ajenos al mundo.
—¿Es cierto, Elena, que tenemos mucho que decirnos?
—No —susurró ella—. Nada tenemos que decirnos. Todo lo tenemos dicho.
Se abrazaron, respirando la plenitud de su unión. Pedro la miró, y Elena, confiando plenamente en él, sintió que el tiempo se detenía.
—Perdóname, Pedro —susurró—. Mírame a los ojos y verás lo sincera que soy.
No fue necesario mirar; Pedro lo sabía. Sus labios hablaron por ellos. Aquella noche, ni uno ni otro acudieron al comedor. Desde su sillón, Rita elevó la mirada al cielo y susurró:
—¡Gracias, Dios mío!