Tomás llamó a la mañana siguiente, alarmado por que Pedro no acudía al taller, y Juana le informó que Pedro y Elena se habían marchado desde temprano, riendo, felices, sin dejar más que una despedida breve.
—Extraordinario —musitó Tomás, mientras colgaba.
A mediodía, Elena y Pedro se miraban en un hotel desconocido, en una ciudad desconocida, conscientes de que aquel primer instante de intimidad era el eslabón de toda una vida.
—Elena, vida mía, eres tan bella —susurró Pedro—. La vida sin ti fue un suplicio. Hoy…
Elena lo interrumpió, tomando sus manos:
—Cállate, Pedro. Sé todo lo que sientes. Tus sentimientos son mi propio amor, mi plenitud.
—Para siempre.
—Sí, para siempre.
A través del ventanal, la luz del amanecer iluminaba los cristales empañados por el rocío. Vivieron aquellos instantes, sabiendo que nunca olvidarían su primera noche juntos.