El hombre del sombrero grande- #1 Trilogía Solsticio

8 ¿QUIEN SOY?

Espero que esta ocasión, solo haya sido un sueño. Que esa visión horrible, mi mente la deseche y permanezca al pasado. Sin embargo, tengo pavor permanecer en el hospital. Examino a mi alrededor, pero todo se encuentra tranquilo. Me levanté de la cama y caminé hasta el pasillo.

En la recepción me encontré con las enfermeras, que apenas me dirigieron la mirada. Estaban atareadas.

—¿Señorita? —me habló una de ellas, parecía ser la jefa, lo digo por la edad que aparentaba y su semblante de “paciencia” —¿no se siente mareada?

—No—le contesté, pero quería saber dónde se encontraba él, que la noche anterior me salvó de esas cosas horribles que vi— ¿el doctor que me está atendiendo donde se encuentra?

—¿El doctor Leonardo Estévez? Se fue a su casa, él únicamente está atendiendo en el turno de la noche. Usted debe estar descansado, a las tres de la tarde se podrá ir a su casa. ¿ha llamado a sus familiares?

 —Sí, gracias—le contesté con preocupación mientras caminaba hacia la sala de la televisión. Si ella supiera que no tengo familiares, estoy confiada a que Eduardo me lleve a mi casa.

Había dos personas que estaban en los sillones: una señora anciana que aparentaba tener unos setenta años y un muchacho que, por su delgadez y palidez, parecía tener una enfermedad grave.

  Me senté en un sillón que estaba en la derecha de la pequeña sala. Recordé que vi a mis padres y los extrañé, hubiese deseado que ellos me estuviesen esperando en la casa, me los imaginaba en ese momento preparándome una gran cena en mi casa. A mi madre cuidándome en la noche para no tener miedo, la imaginaba acariciando mi cabeza, como si fuera una niña pequeña. Pero sabía que eso se quedaba solo en mi cabeza. No había nadie esperándome en esa fría casa.

La anciana que estaba en el otro sillón me miraba con curiosidad.

 —¿Cuál es tu nombre linda niña? —por su tono de voz parecía ser extranjera.

—Camila Lavalle—contesté con seriedad ¿Por qué de pronto esa curiosidad?

—Por un momento pensé que eras inglesa. Tú me recuerdas a alguien.

Se levantó del sillón y me miraba con cautela.

—Podría jurar que te pareces demasiado a ese personaje.—siguió.

—¿A qué se está refiriendo exactamente? ¿personaje?

—La única diferencia que existe es el color de ojos…

—Sigo sin entender señora—repliqué.

—En Gran Bretaña, se habla de una historia: hace 178 años existió una joven hechicera con grandes poderes que superaban la imaginación humana.  Dominaba el fuego y la esencia espiritual de las personas. Fue una hechicera bondadosa, se decía que era una bruja de la luz. Curó a miles de personas que estuvieron al borde de la muerte. Incluso ella predecía el futuro. Tuvo un final trágico, la sentenciaron a morir en la hoguera.

—Pero…—le interrumpí— si dominaba el fuego ¿Cómo pudo morir quemada?

—Se dice que se enamoró de alguien de la nobleza. Fue cuando sus poderes se debilitaron y no pudo evitar su muerte.

Que tendrá que ver esa leyenda conmigo, me decía mientras la anciana regresó de nuevo al sillón.

—Ella tenía el color del mar en sus ojos, lo tuyos son cafés. Pero te aseguro que eres idéntica a ella.

—¿Lo asegura porque ha visto cómo luce?

—¡Bingo! —gritó—mi familia conservaba su retrato en pintura, pero se extravió hace unos años. Al ser solamente una historia, tengo la certeza que ella sí existió y esa pintura lo comprueba.

—¿Cómo poseía su familia el retrato?

—Mi tátara abuelo fue quien se encargó de ejecutarla, teníamos sus pertenecías: vestidos, accesorios, instrumentos de hechicera y ese retrato. Los conservábamos como parte de un museo. Después de la ejecución en Inglaterra, él regresó a Gran Bretaña, llevo consigo las pertenecías de ella. Se conservaron intactas.

—Bueno…me parezco a alguien de la antigüedad.

Dije mientras sonreía.

—Recuerdo su apellido…uh…Clifden.

—¿Clifden? —dije asombrada. No es primera vez que lo escucho, también Alessia lo mencionó.

De pronto mi vista se vio nublada con una visión fugaz. Vi a la anciana en la cama del hospital, tratando de alcanzar la medicina que estaba en la mesa de al lado. Justo unos segundos después parecía que tenía un ataque al corazón y fallecía.

—Disculpe ¿Por qué motivos está hospitalizada?

Su rostro se puso serio.

—Tengo una enfermedad en el corazón.

Palidecí con su respuesta.   

—En cualquier momento puedo morir.

—Tra..tra…te de tener su medicina al alcance.

Le dije mientras mis nervios estaban matándome en ese momento.

Pasaron por el pasillo unos señores. Pude adivinar que eran los detectives que me interrogarían. Se dirigieron a la recepción y una de las enfermeras me señaló con el dedo.  Caminaron hacia la sala donde me encontraba.




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