Dicen que la Luna es el satélite más bello del sistema solar. Una afirmación que, en los círculos académicos donde Asher Leone se movía, solía pronunciarse con un tono entre lo poético y lo condescendiente. Era una belleza objetiva, medible: la reflectancia de su regolito, la peculiaridad de su órbita sincrónica, la danza gravitatoria que sostiene su eterna mueca de cráteres y mares secos. Durante siglos, había sido el lienzo perfecto. Sobre su superficie gris, la humanidad había proyectado dioses y bestias, hadas y presagios, la nostalgia de los enamorados y la ansiedad de los lobos. Un faro pálido para soñadores, sí, pero para la ciencia moderna, un vecino geológicamente muerto, un puzzle casi resuelto.
Pero Asher, incluso en su devoción por la certidumbre matemática, conocía los resquicios. En los márgenes de la historia oficial de la astronomía, como notas a pie de página desestimadas, circulaban rumores antiguos. No se trataba de hombres lobo o cosechas lunares, sino de algo más evasivo. Hablaban de una cualidad intrínseca, una «magia sutil» —término que hacía fruncir el ceño a cualquier académico serio— que parecía emanar de la Luna en ciertas condiciones. Fenómenos luminosos sin fuente identificable, interferencias en instrumentos de medición durante fases específicas, y, el más persistente y descartado de todos: testimonios, a lo largo de generaciones, de avistamientos. No de OVNIs, sino de una presencia. Una figura espectral, siempre femenina, siempre vinculada a los momentos de plenilunio más intenso. Era la leyenda de la Dama Lunática, la Sombra Selenita, un cuento de hadas para adultos que los profesores más veteranos mencionaban a veces, al final de una clase, con una sonrisa cansada y un «claro, eso era antes de que entendiéramos la composición atmosférica». Un guiño a lo inexplicable, rápidamente sepultado bajo ecuaciones.
Para Asher, hijo del escepticismo y la metodología, la Luna era, ante todo, roca. Su libro favorito, una desgastada antología titulada Crónicas del Cielo Nocturno: Mitos y Errores en la Historia de la Astronomía, recopilaba precisamente esos errores. Lo leía no por fe, sino como un recordatorio de lo lejos que había llegado la razón. El capítulo más subrayado era el que narraba, con tono casi burlón, la historia de un astrónomo aficionado del siglo XIX, un tal Edward Drayson, quien aseguró haberse «enamorado del espíritu de la Luna» y pasó sus últimos años intentando cartografiar no sus cráteres, sino los «rastros de su melancolía» en la luz reflejada. Drayson murió en el manicomio, su obra tachada de delirio poético. Asher lo veía como una advertencia perfecta: confundir el deseo con la observación era el primer paso hacia la locura.
Todo cambió durante una de esas noches largas, tejidas de cafeína y el silbido lejano de la ciudad. Asher, atrapado en la red de un insomnio familiar, releía por enésima vez la triste historia de Drayson. Las palabras, usualmente frías, esa noche parecían vibrar con una extraña carga. Quizás fue la fatiga, quizás la luz particular de esa Luna llena de octubre, que se colaba por su ventana con una intensidad casi líquida, plateando cada objeto de su desordenado estudio. Cerró el libro, el crujido del cuero rompiendo el silencio, y se acercó al ventanal. Allí estaba ella. Imperturbable. Majestuosa. Fría.
Pero entonces, ocurrió lo imposible. No fue en el disco lunar mismo, sino en el reflejo que proyectaba sobre el mundo dormido. El patio interior de su complejo de departamentos, un cuadrado de cemento y macetas mustias, se había transformado en un mar de mercurio. Y en el centro de ese espejo plateado, distinguió una figura.
Era una joven. Estaba de espaldas a él, la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, en una postura de contemplación tan absoluta que parecía una estatua. Su cabello, largo y suelto, capturaba la luz lunar y la devolvía como un halo de hilos de plata pura. Llevaba un vestido sencillo, de un color indefinido entre el blanco y el gris perla, que no ondeaba con la brisa nocturna. Su tez era de una palidez luminosa, como si ella misma fuera una extensión del resplandor selenita. No respiraba, o al menos, Asher no podía percibir el ritmo de su respiración. Solo existía, inmóvil, consumida por la visión del satélite.
El corazón de Asher, acostumbrado a los ritmos constantes de la lógica, galopó contra sus costillas. Lo primero fue el instinto científico: una alucinación hipnagógica, producto del desvelo y la sugestión del texto. Parpadeó con fuerza, se frotó los ojos. La figura permaneció. Bajó la mirada al libro abierto en su escritorio, a las palabras «enamorado de la Luna», y luego volvió al ventanal. Ella seguía allí. Un dato. Un fenómeno observable. Y en ese momento, Asher Leone, el escéptico, cruzó una frontera. Ya no era un estudiante analizando un rumor; era un testigo. Y la curiosidad, esa fuerza primaria que impulsa tanto al científico como al explorador de lo prohibido, se alzó en él, más poderosa y urgente que cualquier escepticismo.
Movido por un impulso que no podía nombrar, salió de su departamento. El pasillo, iluminado por lámparas fluorescentes, era un mundo vulgar y ruidoso comparado con el silencio plateado del patio. Bajó las escaleras de dos en dos, el eco de sus pasos resonando como una profanación. La emoción que sentía no era alegría, sino una especie de vértigo sagrado, la sensación de estar violando una ley no escrita, traspasando el velo que separa lo cotidiano de lo arcano.
Al empujar la pesada puerta de acceso al patio, el aire fresco de la noche lo envolvió. Y allí, en el mismo centro del cuadrado de luz lunar, estaba ella. Pero ya no estaba de espaldas.
Se había girado.
Editado: 26.01.2026