El Hombre Enamorado de la Luna

CAPÍTULO 1 | Un inicio conmovedor.

El mundo de Asher Leone, sólido como la roca de un meteorito, se había resquebrajado. Durante una semana, la aparición en el patio había pasado de ser un recuerdo vívido a una presencia constante, un filtro a través del cual percibía todo. Las clases en la Universidad de San Selenio —nombre irónico que ahora le resultaba casi profético— habían adquirido una cualidad onírica. Las ecuaciones de Kepler, antes elegantes y definitivas, ahora le parecían intentos torpes de enjaular una danza cósmica que, intuía, era infinitamente más compleja. La voz del profesor Croft, cuando hablaba de paralajes y períodos sidéreos, sonaba a un murmullo lejano, mientras la voz interna de Asher repetía una sola pregunta: ¿Quién era ella?

La necesidad de respuestas lo llevó de vuelta a la biblioteca central, no a la sección de astronomía, sino a los polvorientos archivos históricos y a las colecciones de periódicos locales digitalizados. Pasó horas escudriñando microfichas y registros digitales, buscando cualquier mención a "avistamientos", "fenómenos lumínicos" o el nombre que Croft había soltado: Elara Vance. Los resultados eran escasos y frustrantes. Encontró una breve nota en un periódico estudiantil de 1978 titulada "Beca Revocada por Investigación No Ortodoxa", pero el artículo era vago, citando "diferencias metodológicas irreconciliables". De la tesis en sí, no había rastro. Había sido purgada, o extraviada, con una eficiencia que olía a encubrimiento.

La obsesión comenzó a cerrarle el mundo. Dejó de salir con sus compañeros, incluso con MeClen, cuyo testimonio había sido tan crucial. Rechazó una invitación a una observación en el telescopio principal, algo que antes habría considerado un privilegio. Su habitación se llenó de esquemas lunares, no de sus cráteres, sino de diagramas que intentaban correlacionar las fases con extraños reportes históricos de "éxtasis nocturnos" y "sonambulismo poético" en figuras tan dispares como poetas románticos y astrónomos aislados.

Niccoló y Aurora Leone, sus padres, notaron el cambio en sus llamadas telefónicas semanales.

—Hijo, suenas distante —dijo la voz cálida y preocupada de Aurora al otro lado de la línea—. ¿Estás comiendo bien? ¿Duermes? Tu padre dice que quizás el estrés de los exámenes…

—No son los exámenes, mamá —interrumpió Asher, mirando por la ventana de su departamento hacia el patio, ahora vacío y normal bajo la luz del día—. Es… una investigación personal. Algo que no encaja.

Niccoló, un ingeniero de mente práctica, tomó el teléfono.

—Lo que no encaja se revisa con calma, con método, Ash. No fuerces las piezas. A veces lo que parece un misterio es solo un error de medición.

Asher apretó el auricular. Su padre hablaba el idioma de su antiguo yo. Ya no le servía.

—No es un error de medición, papá. Lo vi. —La declaración sonó más brusca de lo que pretendía.

Un silencio incómodo llenó la línea.

—¿Qué viste, hijo? —preguntó Niccoló, con cautela.

Pero Asher no podía explicarlo. No sin sonrar como Drayson o como la pobre Elara Vance.

—Nada. Olvídalo. Sólo estoy cansado.

Colgó con una sensación de aislamiento aún más profunda.

Había cruzado un umbral del que no podía regresar, y eso lo separaba incluso de quienes más lo amaban.

La noche del siguiente plenilunio, Asher estaba preparado. No con instrumentos científicos, sino con una determinación silenciosa. Vistió ropa oscura, se apostó en el balcón de su departamento desde el anochecer, y observó. El patio se bañó una vez más en esa luz plateada y engañosa. El aire estaba quieto, cargado de una expectación que solo él parecía percibir. Hora tras hora, nada. Solo las sombras familiares, el contenedor de basura, la bicicleta olvidada. La decepción, agria y pesada, comenzó a asentarse en su estómago. Quizás haya sido un evento único.

Quizás él había ahuyentado al fenómeno con su intrusión.

Justo cuando estaba a punto de rendirse, cerca de las tres de la madrugada, el cambio fue sutil. La luz en el centro del patio no se alteró, pero el aire alrededor sí. Una frialdad distinta a la de la noche se extendió, un silencio que no era ausencia de sonido, sino una cualidad absorbente.

Y entonces, como materializándose a partir de la propia humedad lunar, ella volvió a aparecer.

No en el mismo lugar, sino bajo el viejo olmo que hacía sombra en verano. La misma postura contemplativa, el mismo vestido etéreo, el mismo cable que era un destello de luna líquida. Esta vez, Asher no corrió. Respiró hondo, conteniendo el latido furioso de su corazón. Bajó las escaleras con una calma deliberada, como un hombre caminando hacia su propio destino.

Al empujar la puerta del patio, la frialdad lo envolvió. Ella no se volvió inmediatamente. Parecía absorta, su perfil pálido recortado contra la corteza oscura del árbol.

Asher se detuvo a unos metros, sin atreverse a cerrar la distancia.

—¿Quién eres? —logró decir, y su voz, aunque queda, resonó con una claridad extraña en el silencio opresivo.

Ella se volvió entonces, más lenta aún que la primera vez. Esos ojos azul-abismo lo encontraron de nuevo. No hubo sorpresa en ellos, solo una paciencia infinita, como la de la Luna observando las eras geológicas.



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En el texto hay: fantasia, romance, suspenso

Editado: 26.01.2026

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