El Hombre Enamorado de la Luna

CAPÍTULO 2 | Dudas e incertidumbre de por medio.

El nombre, una vez pronunciado, se convirtió en un mantra. Hartley. Resplandecía en la mente de Asher con una insistencia lumínica, rivalizando con el recuerdo de sus ojos. Pero tras el hechizo inicial, tras la embriaguez del contacto, llegó el bajón crudo y escéptico de la luz diurna.

Sentado en su mesa de trabajo, rodeado de los restos de un desayuno olvidado, Asher sentía la cabeza como un campo de batalla. Por un lado, el recuerdo imborrable: la frialdad del aire, la voz-eco resonando en su cráneo, la presencia tangible de lo imposible. Por otro, el arsenal de su educación: alucinación auditiva inducida por sugestión y privación de sueño. Pareidolia avanzada: proyección de una figura humana sobre un patrón lumínico aleatorio. Síndrome de Capgras inverso: atribución de cualidades sobrenaturales a un estímulo real.

Se pasó una mano por el rostro, sintiendo la sombra de la barba incipiente.

¿Qué era más probable? ¿Qué hubiera establecido contacto con un eco atrapado de un amor trágico, o que su cerebro, intoxicado por la obsesión y el insomnio, hubiera construido una narrativa elaboradísima para dar sentido a una experiencia sensorial aberrante? Hartley había dicho «tienes la grieta». Quizás esa grieta no era una puerta a lo místico, sino la fisura por donde se filtraba la locura.

Necesitaba un ancla en lo real. Necesitaba corroborar algo, cualquier cosa, que desafiara la explicación más sencilla. Recordó los otros nombres que ella, o su psique, había proporcionado: Aria y Lorenzo. Y su propio apellido: Ricci.

Con una determinación nueva, esta vez más forense que mística, se sumergió en las bases de datos de la ciudad. No buscaba fantasmas, sino personas. Registros públicos, guías telefónicas antiguas digitalizadas, listas de alumnos de San Selenio. El apellido Ricci no era tan común.

Y después de una hora de búsquedas infructuosas, añadió un filtro: asociación con el departamento de astronomía o ciencias físicas.

Ahí, en un registro de personal administrativo de la universidad de hace veintidós años, apareció. Lorenzo Ricci. Departamento de Mantenimiento de Equipos de Laboratorio (Astrofísica). Baja voluntaria, 2002. Una dirección antigua en las afueras, un barrio residencial tranquilo.

No era un profesor. No era un investigador. Era un técnico. El dato era tan mundano que resultó, irónicamente, más desestabilizador que cualquier revelación espectral. Si su mente estaba inventando una leyenda romántica, ¿por qué elegir a un hombre de mantenimiento y no a un brillante astrónomo?

La lógica onírica hubiera sido más grandiosa.

El siguiente paso era más arriesgado. La dirección. Podía ser una coincidencia, podía ser un error, pero era el único hilo tangible. No podía esperar al siguiente apogeo lunar, no con la duda carcomiéndolo por dentro. Necesitaba respuestas terrenales antes de volver a rendirse a lo celestial.

Tomó el autobús hacia las afueras esa misma tarde. El paisaje urbano dio paso a casas bajas con jardines, calles más anchas y un silencio distinto al de su barrio universitario. La dirección lo llevó a una casa de ladrillo visto y tejado a dos aguas, bien cuidada pero con un aire de introspección. Las persianas del piso superior estaban bajadas, a pesar de ser una tarde soleada. En el jardín delantero, un macizo de azucenas blancas florecía con un vigor casi antinatural, destacando entre la meticulosa sobriedad del césped.

Asher se detuvo frente a la verja, el corazón latiéndole con fuerza. ¿Qué iba a decir? «Hola, ¿su hija es un fantasma enamorado de la Luna que se me aparece por las noches?». El absurdo de la situación lo golpeó con toda su fuerza. Estaba a punto de darse la vuelta, derrotado por la vergüenza, cuando la puerta principal se abrió.

Una mujer salió al porche. Tendría unos sesenta años, pero llevaba su edad con una gracia severa. Su pelo, recogido en un moño, era de un gris plateado que recordaba, de manera inquietante, al cabello de Hartley. Llevaba un delantal y sostenía un cesto de ropa para tender. Sus ojos, claros y penetrantes, se posaron en Asher de inmediato.

No mostró sorpresa, sino una alerta inmediata, como un animal que detecta una perturbación en su territorio.

—¿Busca a alguien, joven? —Su voz era suave, pero no cálida. Era una voz que medía cada palabra.

Asher se aclaró la garganta, sintiéndose como un adolescente intruso.

—Eh, sí. Disculpe la molestia. Busco… a Lorenzo Ricci. ¿Es ésta su casa?

La mirada de la mujer se volvió aún más escrutadora. Lo recorrió de arriba abajo, deteniéndose en sus ojos, en sus manos vacías, como buscando algo.

—Lorenzo es mi marido. ¿De parte de quién?

—Me llamo Asher Leone. Soy estudiante de astronomía en San Selenio. Estoy haciendo una… investigación histórica sobre antiguos miembros de la comunidad universitaria. Encontré el nombre de Lorenzo en unos archivos. —La mitad de la verdad era mejor que una mentira descarada, pensó.

El rostro de la mujer, Aria sin duda, se cerró como un portón. Una sombra de dolor, o tal vez de temor, cruzó sus ojos.

—Mi marido ya no tiene ninguna vinculación con la universidad. Hace mucho tiempo. Su «investigación» no le concierne.

—Es sólo por contexto —insistió Asher, desesperado por no perder el contacto—. Su nombre apareció junto a otros… asociados a proyectos no convencionales. De los años 90.



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En el texto hay: fantasia, romance, suspenso

Editado: 26.01.2026

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