El Hombre Enamorado de la Luna

CAPÍTULO 3 | Un nuevo hogar.

El encuentro con los Ricci dejó en Asher una marca diferente a la aparición de Hartley. La Luna era un misterio frío y distante; el dolor de Aria y Lorenzo era caliente, humano y abrasador. Su amenaza, aunque velada, tenía el peso de lo concreto. Durante los días siguientes, Asher caminó por la universidad con la sensación de llevar una diana invisible en la espalda. Cada rostro desconocido en un pasillo, cada sombra que se movía de forma extraña, lo ponía en alerta. Había desenterrado algo que no quería ser encontrado, y ahora el suelo bajo sus pies parecía menos firme.

La paranoia era un ruido de fondo, pero más fuerte aún era el llamado silencioso que emanaba del almanaque astronómico que consultaba a diario. El apogeo lunar se acercaba. Una fecha ahora cargada de significado, un punto de cita con lo imposible. Hartley había dicho «te mostraré». ¿Qué podía mostrarle un fantasma, un eco, más allá de su propia y desgarradora belleza?

No podía esperar en su departamento, ese cubículo que ya no sentía seguro ni propio. Los Ricci sabían que era estudiante, podrían buscarlo allí. Necesitaba un refugio, un nuevo punto de observación que estuviera a la vez cerca del epicentro del fenómeno y lejos del radar de cualquiera. Recordó entonces las palabras del profesor Croft: «En los años 70… tres estudiantes reportaron una ‘dama de luz’ en el observatorio viejo».

El Observatorio Viejo. Una estructura de piedra y cúpula de cobre en la colina norte del campus, había sido desmantelado hacía décadas cuando se construyó el nuevo complejo de investigación. Ahora era poco más que una ruina romántica, utilizada ocasionalmente para visitas guiadas de escuelas o como escenario para propuestas de matrimonio de estudiantes particularmente cursis. Pero estaba aislado, tenía una vista despejada del cielo, y, lo más importante, tenía historia.

Asher decidió que sería su nuevo hogar, al menos temporalmente. No podía mudarse oficialmente, pero podía convertirlo en su base de operaciones, su santuario. Durante dos días, con la discreción de un espía, llevó provisiones: una bolsa de dormir, una linterna, agua, comida no perecedera, sus cuadernos de notas, y el desgastado Crónicas del Cielo Nocturno.

El acceso era sorprendentemente sencillo; un candado oxidado en la puerta trasera cedió con un buen tirón.

El interior olía a polvo, humedad y madera podrida. La gran sala circular, donde alguna vez estuvo el telescopio refractor, estaba vacía salvo por montones de hojas secas que el viento había colado por las rendijas. La cúpula, medio atascada, mostraba un óculo abierto al cielo. Una escalera de caracol de hierro forjado, chirriante pero sólida, conducía a una pequeña sala en la parte superior, una especie de mirador cerrado con ventanales panorámicos rotos en su mayoría. Fue allí donde Asher instaló su campamento. Desde esa atalaya, podía ver todo el campus, los tejados de la ciudad, y, de manera prominente, el patio de su antiguo departamento.

El primer día, la soledad fue un alivio. El segundo, comenzó a pesar. Los sonidos del lugar no eran los de su departamento: el crujido de la estructura al enfriarse por la noche, el ulular del viento en las grietas de la cúpula, el arañar de alguna pequeña criatura en las paredes. Era fácil, en ese silencio roto por susurros arquitectónicos, imaginar presencias. ¿Había estado Elara Vance aquí, mirando por estos mismos ventanales rotos, creyendo ver a la dama de luz? La línea entre la investigación y la obsesión se volvía más delgada cada hora.

La noche del apogeo, la Luna ascendió sobre el horizonte como un monarca pálido y engrandecido. Parecía más cerca, más detallada, su luz más intensa y metálica. Asher, acurrucado en su bolsa de dormir junto a un ventanal, observaba el patio lejano con unos prismáticos. El corazón le latía con un ritmo sordo y anticipatorio. Hartley había dicho «ven solo».

Él estaba solo, pero ¿esto contaba? ¿Estaba demasiado lejos? La duda lo asaltó: ¿y si ella solo aparecía en ese lugar concreto, y él, al huir, había perdido su única oportunidad?

Las horas pasaron. La Luna trazó su lento arco. El patio permaneció vacío, bañado en esa luz blanca y cruda que parecía borrar los colores. La decepción, mezclada con el frío que se colaba por los cristales rotos, comenzó a entumecerlo. Quizás los Ricci tenían razón. Quizás todo había sido un sueño despierto, y él era solo otro muchacho perdido, acurrucado en una ruina, venerando a un astro muerto.

Fue entonces cuando la luz cambió.

No en el patio, sino en la misma sala del mirador.

Un suave resplandor azulado, como el fulgor del gas neón más tenue, comenzó a emanar del centro de la habitación circular vacía debajo de él. No era un rayo de luna; la luna entraba por el óculo de la cúpula e iluminaba el polvo del suelo de otra manera. Esta luz era intrínseca, nacía del aire mismo. Asher contuvo la respiración, bajando lentamente los prismáticos.

El resplandor se condensó, tomando la forma familiar: la silueta esbelta, el cabello como una cascada de plata líquida. Pero no estaba de espaldas. Hartley estaba allí, en el centro del viejo observatorio, con la cabeza alta, mirando directamente hacia la cúpula abierta, hacia la Luna misma.

Sin embargo, no parecía estar en la sala vacía. Su imagen era translúcida, superpuesta, como una proyección sobre el espacio real. A su alrededor, Asher podía ver vagamente los contornos de otro lugar: paredes curvas de piedra pulida, arcos bajos, y en el centro, algo que parecía un altar o un pedestal de un material oscuro y brillante.



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En el texto hay: fantasia, romance, suspenso

Editado: 26.01.2026

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