La revelación en el observatorio no iluminó el camino; lo oscureció aún más. Durante días, Asher existió en un estado de aturdimiento operativo. Asistía a sus clases de manera mecánica, sus notas garabateadas en los márgenes de sus cuadernos eran ahora diagramas del templo fantasma, símbolos lunares distorsionados y la palabra «selenita» escrita una y otra vez, como si el acto de trazar pudiera domesticar su significado.
El miedo, un visitante constante, se había ramificado: ya no era solo el temor a la locura o a lo sobrenatural, sino el terror concreto a ser elegido, a convertirse en un ancla para algo que estaba más allá de la comprensión humana.
Hartley le había dicho que cerrara la grieta. Pero ¿cómo se cierra una fisura en la propia percepción del mundo? No podía decidir dejar de creer lo que había visto y sentido. La verdad, una vez admitida, era irreversible. La única opción parecía ser lo contrario: llenar esa grieta con algo tan sólido y lógico que sellara cualquier filtro de luz lunar. Necesitaba refutar la historia de Hartley con hechos, no con fe.
Necesitaba encontrar una explicación terrenal para el templo, para los símbolos, para todo.
Su pensamiento volvió, obsesivo, a Elara Vance. Ella no había visto solo a la «dama de luz»; había escrito una tesis. Una tesis descabellada, según Croft, pero una tesis al fin. Un documento estructurado, con hipótesis, tal vez incluso con referencias. Si existía una copia, aunque fuera oculta, podría contener las claves que él necesitaba.
Tal vez Elara había descubierto algo real: un culto histórico, una antigua locura colectiva con una simbología compartida, que Hartley, en su tragedia personal, había internalizado y proyectado.
Era una explicación débil, pero era un cable al que aferrarse.
Rastrear a Elara Vance demostró ser aún más difícil que encontrar a los Ricci. No había registros digitales posteriores a su expulsión. Era como si se hubiera evaporado. Frustrado, Asher volvió a la fuente más antigua que tenía: su libro, Crónicas del Cielo Nocturno. Lo hojeó con una nueva urgencia, buscando no solo la historia de Drayson, sino cualquier mención a cultos lunares, arquitectura esotérica, símbolos no convencionales. En un capítulo secundario sobre «interpretaciones alquímicas de los cuerpos celestes», encontró una nota al pie escueta.
Decía: «Véase, para una exposición más extensa (y francamente delirante) sobre la ‘arquitectura psíquica selenita’, el manuscrito no publicado de E.V., archivo privado de A.C.».
E.V. Elara Vance. A.C. Alistair Croft.
El corazón de Asher dio un vuelco. Croft tenía una copia. La había guardado. Todo este tiempo, ese anciano excéntrico había tenido las respuestas, o al menos una versión de ellas, encerradas en su archivo privado.
No era una búsqueda en el vacío; había un documento físico, tangible. La importancia de conseguirlo se volvió absoluta, vital. Podría ser la clave para salvar su cordura, o su alma.
Enfrentarse a Croft requería una estrategia diferente a la de los Ricci. No podía llegar con preguntas vagas. Necesitaba mostrar un interés académico lo suficientemente profundo y específico como para ganarse su confianza, o al menos su curiosidad profesional.
La oportunidad llegó después de una clase de Historia de la Cosmología. Asher se acercó al estrado mientras Croft guardaba sus viejas transparencias.
—Profesor Croft, una pregunta sobre el material de hoy.
Croft lo miró por encima de sus gafas.
—Diga, joven Leone.
—Usted mencionó las interpretaciones pre-científicas de la Luna como un espejo de la mente humana. Eso me recordó… —hizo una pausa, eligiendo las palabras— a algo que leí en un libro de mi propiedad. Crónicas del Cielo Nocturno. Habla de un tal Drayson, y en una nota, menciona un manuscrito no publicado de una tal E.V. sobre ‘arquitectura psíquica selenita’. Como su clase hoy tocaba temas similares, me preguntaba… ¿es ese un campo de estudio reconocido, aunque sea marginal? ¿O es pura fantasía?
Croft se quedó quieto, sus dedos arrugados deteniéndose sobre la cremallera de su maletín. Lo estudió durante un largo momento, y en sus ojos cansados, Asher creyó ver un destello de algo: reconocimiento, cautela, tal vez incluso un poco de alivio.
—Crónicas del Cielo Nocturno… —murmuró—. Un libro peligroso para las mentes impresionables. ¿Y por qué le interesa a usted, un estudiante de métodos rigurosos, esa… ‘fantasía’?
—Porque incluso la fantasía —respondió Asher, citando casi inconscientemente una frase que había leído en alguna parte— puede ser un síntoma de una realidad mal entendida. Si hubo personas inteligentes, como esta E.V., que dedicaron tiempo a estudiar estas ideas, quizás haya un núcleo, aunque sea minúsculo, de observación genuina detrás del delirio. Me interesa el… proceso del error. Cómo un hecho sensorial se transforma en una mitología.
Fue la respuesta correcta. Croft asintió lentamente, como si aprobara el ángulo de aproximación.
—El proceso del error —repitió—. Sí, eso es algo que un historiador de la ciencia puede apreciar. E.V., Elara Vance, era brillante. Su error no fue de inteligencia, sino de… apertura. Abrió una puerta que debería haber permanecido cerrada y confundió la corriente de aire con una invitación. —Hizo una pausa, mirando a su alrededor el aula vacía. —Ven a mi despacho mañana al finalizar la tarde. Allí… podemos hablar del manuscrito. Es un texto curioso. Un relato de primera mano de cómo una mente lógica se derrumba ante lo inexplicable. Una advertencia, quizás.
Editado: 26.01.2026