La casa de los Ricci parecía haber envejecido décadas en la semana transcurrida desde la última visita de Asher. O quizás era la luz de la tarde, baja y dorada, la que acentuaba cada grieta en el revoque, cada sombra bajo los aleros cerrados. Las azucenas del jardín, antes imponentes, ahora se veían marchitas en los bordes, sus pétalos blancos mustios como papel antiguo. Era como si el secreto que guardaban agotara la vida a su alrededor.
Asher se detuvo frente a la verja, respirando hondo. No llevaba libros ni excusas académicas. Solo llevaba la verdad, pesada y peligrosa, en los hombros. Sabía que no tenía derecho a invocar más dolor en ese hogar, pero el destino que se cernía sobre él no dejaba espacio para la ética cómoda. Tocó el timbre, el sonido estridente rasgando el silencio del vecindario.
Fue Lorenzo quien abrió. Su corpulencia parecía haberse encogido ligeramente, sus hombros caídos bajo una camisa de franela. Al ver a Asher, no hubo sorpresa en su rostro, solo una resignación amarga y un destello de ira contenida.
—Ya le dije que no volviera. —gruñó, sin abrir la verja del todo.
—Lo sé. —dijo Asher, manteniendo la voz baja pero firme—. Y no lo haría si no fuera urgente. No vengo por curiosidad. Vengo porque ella me habló otra vez. Y porque sé lo que le pasó a Elara Vance.
El nombre de la estudiante desaparecida tuvo un efecto eléctrico. El rostro de Lorenzo se demudó. Desde el interior de la casa, un temblor casi imperceptible recorrió el pasillo. Aria apareció detrás de su marido, más pálida aún que la vez anterior, sus ojos clavados en Asher como si fuera un heraldo de la peste.
—¿Qué sabes tú de esa pobre muchacha? —preguntó Aria, su voz un susurro áspero.
—Sé que fue al observatorio viejo en una noche de apogeo, buscando lo mismo que yo he visto. Sé que escribió sobre un umbral, sobre glifos lunares y una conciencia en la roca. Y sé que desapareció allí. —Asher hizo una pausa, viendo cómo el terror reconocía al terror en sus ojos. —Hartley me advirtió. Dijo que «él» quiere cruzar. Que necesita un ancla. Y creo… creo que ahora me quiere a mí.
Lorenzo cerró los ojos un instante, como si una punzada de dolor antiguo lo atravesara. Cuando los abrió, la ira se había diluido en algo peor: una piedad desgarradora.
—Entra. —dijo finalmente, con un suspiro que parecía sacar todo el aire de sus pulmones. —Pero por ella, no por ti.
El interior de la casa era un santuario a la normalidad forzada. Muebles cómodos pero anodinos, fotografías de paisajes en las paredes, cortinas de flores. Solo en una repisa alta, casi oculta, Asher distinguió un marco vuelto hacia abajo.
La casa olía a jabón limpio y a una tristeza tan densa que casi se podía palpar.
En la sala de estar, Aria se sentó en el borde de un sofá, entrelazando y desentrelazando los dedos. Lorenzo permaneció de pie, como un centinela.
—Cuéntanoslo todo. —ordenó Aria—. Desde el principio. No omitas nada.
Y Asher lo hizo. Les habló del patio, de la voz-eco, del nombre de Hartley, del templo fantasma en el observatorio, de la confesión de amor por una conciencia selenita. Les habló del miedo, de la obsesión, del manuscrito de Elara Vance que confirmaba sus peores pesadillas. No era la historia de un estudiante excéntrico; era el eco exacto de su propia tragedia, resonando una generación después.
Aria escuchó sin llorar, pero sus ojos brillaban con un dolor líquido y contenido. Lorenzo, por su parte, parecía envejecer a medida que la narración avanzaba, como si cada palabra fuera una losa que se añadía a su espalda.
—El apogeo… —murmuró Aria cuando Asher terminó—. Es siempre en el apogeo cuando la barrera es más delgada. Cuando él tiene más fuerza para tentar, para atraer.
—¿Quién es «él»? —preguntó Asher, desesperado por una definición.
—No lo sabemos —confesó Lorenzo, su voz ronca—. Hartley, al final… antes de que su cuerpo empezara a desvanecerse… balbuceaba sobre «la voz de la piedra», sobre «el amante pálido». Decía que era antiguo, solo, hambriento de la calidez que nosotros, los de carne y sangre, tenemos. Que el amor de ella lo había despertado, pero que su amor era frío, era un vacío que succionaba. —Se pasó una mano por el rostro—. Intentamos todo. Sacerdotes, psiquiatras, aislamiento. Pero su corazón ya no estaba aquí. Estaba allí arriba. Una noche, simplemente… se hizo luminosa y translúcida, como el cristal bajo la luna llena. Y luego, ya no estuvo. Solo quedó… el eco que tú ves.
—¿Por qué no se la llevó por completo? —preguntó Asher.
—Porque el amor, incluso el más distorsionado, tiene dos direcciones —dijo Aria, su voz ganando una fuerza súbita—. Ella lo amaba, sí, pero una parte de ella, la parte humana, nos amaba a nosotros. Esa parte luchó. Y esa lucha la rasgó, la atrapó en el medio. Es un alma en pena, pero no de los muertos… de los atrapados entre amores.
—Y ahora quiere terminar lo que empezó —concluyó Lorenzo, mirando a Asher directamente—. Hartley no puede servir como ancla completa; está desgarrada. Pero una conciencia nueva, intacta, obsesionada y con la «grieta» abierta… tú eres la presa perfecta. El apogeo de mañana por la noche no es una cita, muchacho. Es una trampa. Él te mostrará algo hermoso, algo que llene tu vacío, y cuando aceptes, cuando tu corazón se incline hacia esa luz… cerrará el circuito. Y te perderás, como ella.
Editado: 26.01.2026