El vacío que dejó la despedida de Hartley no fue un silencio, sino una resonancia. Un eco distinto, humano y cálido, que se instaló en los días siguientes. No hubo más apariciones, ni voces en la mente, ni cambios bruscos en la luz de la Luna. El fenómeno, al menos para Asher, había cesado. Pero la transformación que había provocado era permanente.
Los primeros días los pasó en la casa de los Ricci. No por necesidad de protección, sino por un mutuo acuerdo tácito de no romper el frágil puente que habían construido. Compartían comidas silenciosas, donde el peso del pasado empezaba a ceder, lento como el deshielo, ante la simple compañía. Aria ya no miraba a Asher con miedo, sino con una gratitud cansada. Lorenzo comenzó a enseñarle, con torpeza, a arreglar pequeños desperfectos de la casa, como si transmitirle conocimientos prácticos fuera una forma de anclarlo aún más a la tierra.
Una tarde, sentados en el jardín entre las azucenas ahora menos mustias, Aria rompió el silencio.
—No puedes vivir eternamente entre fantasmas, Asher, ni entre quienes los lloramos. Tienes que volver a tu vida.
—No sé cuál es mi vida ahora —confesó él, mirando sus manos. Ya no temblaban, pero se sentían extrañas, como herramientas cuyo propósito original se había olvidado.
—Es la misma de antes —dijo Lorenzo, sin levantar la vista de la tubería que estaba sellando—, pero la verás con diferentes ojos. Ese es el compromiso.
Al día siguiente, Asher regresó a su departamento. Las cosas estaban tal como las había dejado: libros abiertos, diagramas lunares pegados en las paredes, una taza de café olvidada y ahora mohosa. La normalidad del desorden le resultó chocante. Se sentó frente al ventanal que daba al patio. Bajo el sol de la tarde, era solo un espacio de cemento, con una bicicleta oxidada y unas macetas.
No había magia, ni misterio. Solo cosas. Y por primera vez, esa simplicidad le pareció profundamente hermosa.
Su primer compromiso fue con el orden. No un orden escapista, sino uno reconstructivo. Recogió los papeles, los diagramas. No los quemó, como le había sugerido Croft, pero los guardó en una caja, junto con una copia de los dibujos infantiles de Hartley que Aria le había regalado. Era un archivo, no de lo sobrenatural, sino de una experiencia humana extrema. La caja la guardó en lo alto del armario. Un capítulo cerrado, pero no negado.
Luego, fue a la universidad. La sombra del Observatorio Viejo en la colina ya no le producía ansiedad, sino una melancolía respetuosa. Era un monumento a un error y a un amor trágico, nada más. Su destino estaba en las aulas, en las salas de estudio, en los laboratorios de medición precisa.
Encontró al profesor Croft en su despacho, sumergido en una nueva pila de papeles. Al ver a Asher en el umbral, el anciano dejó su pluma y se quitó las gafas.
—Joven Leone. Me alegra verlo de pie y con los pies, aparentemente, en el suelo.
—He venido a devolverle su consejo, profesor —dijo Asher, entrando—. O más bien, a darle uno mío. La puerta de la que hablaba… la que Elara Vance abrió… yo creo que está cerrada. O al menos, ya no me llama.
Croft lo estudió largo rato.
—¿La cerró usted con más conocimiento?
—No —respondió Asher con una sonrisa leve—. La cerré con más vida.
Le contó, de manera resumida y sin detalles espectrales, sobre los Ricci, sobre la fuerza de los lazos terrenales, sobre el poder de los recuerdos banales contra las grandiosas seducciones del vacío. Croft escuchó, y en sus ojos cansados brilló algo que podría haber sido envidia, o tal vez un atisbo de paz.
—Elara no tenía un «banco bajo un roble» al que volver —murmuró al final—. Sólo tenía su curiosidad. A veces, el estudio es un refugio demasiado frío. Me alegro de que usted haya encontrado un mejor fuego. —Hizo una pausa—. ¿Y sus estudios académicos?
—Quiero cambiarme de especialización —anunció Asher, la decisión tomada esa misma mañana al despertar—. De Astronomía Pura a Historia y Filosofía de la Ciencia.
Croft alzó una ceja, sorprendido.
—¿Abandonar las estrellas?
—No las estoy abandonando. —aclaró Asher—. Sólo quiero estudiar no solo qué son, sino por qué las miramos, qué ponemos en ellas. Quiero entender el puente entre el ojo que observa y el cielo que observa. El puente humano.
Era el compromiso más profundo. No renunciaba al cosmos, sino que se comprometía a entender su lugar en él, no como un receptor pasivo de misterios o datos, sino como un ser consciente, emocional, falible, que proyecta y recibe. Quería estudiar a los Drayson, a los Vance, no como casos patológicos, sino como ejemplos extremos de la necesidad humana de conectar con lo vasto. Y quería, secretamente, honrar a Hartley comprendiendo el tipo de amor que la había perdido, para ayudar a otros a no cruzar esa línea.
Croft asintió lentamente, una sonrisa genuina asomando a sus labios por primera vez.
—Ese, joven Leone, es el estudio más difícil y más necesario. Bienvenido al lado blando de la ciencia. Aquí tenemos más preguntas que respuestas, pero las preguntas… son mejores.
El trámite burocrático fue sencillo. Al explicar su cambio, Asher usó términos que cualquier consejero académico podría entender: «un interés renovado en el factor humano detrás del descubrimiento científico». Nadie necesitaba saber sobre amantes selenitas o ecos atrapados. Esa historia pertenecía a un círculo íntimo de tres personas.
Editado: 28.01.2026