La paz, Asher lo aprendió, no era un estado permanente, sino un frágil armisticio. Habían pasado meses desde la última noche en el patio. El otoño había teñido de rojo y oro las colinas, y una frialdad anticipatoria se colaba en el aire al atardecer. Su nueva vida, tejida de estudios humanos, cenas con los Ricci y un lento despertar a las pequeñas alegrías, tenía la textura de una cicatriz que sanaba bien: fuerte, pero aún sensible al cambio de tiempo.
El temor, cuando regresó, no lo hizo con estridencia. No hubo apariciones, ni voces susurrantes, ni cambios en la luz de la Luna. Llegó de la manera más mundana y, por tanto, más insidiosa: a través del cuerpo.
Empezó con un sueño. No era una pesadilla vívida, sino una sensación persistente que lo seguía al despertar. Soñaba que caminaba por un corredor infinito de piedra pulida y fría, sin puertas ni ventanas, solo la reverberación de sus propios pasos. No había luz, pero podía ver. No había sonido, pero sentía una presión constante en los oídos, como en las profundidades del mar. No ocurría nada. Eso era lo peor: la absoluta nada, el vacío perfecto y consciente. Se despertaba con el corazón acelerado, la boca seca y un frío en los huesos que el edredón no podía disipar.
Luego vinieron los reflejos. Se cruzaba con un charco en la acera después de la lluvia y, por un instante, veía en el agua turbia no su propio rostro, sino un destello pálido, una forma indistinta que se alejaba. Al mirar el espejo del baño mientras se afeitaba, tenía la fugaz impresión de que sus ojos, por una fracción de segundo, reflejaban no la luz del fluorescente, sino una luz más fría, plateada. Parpadeaba, y todo volvía a la normalidad. Era el tipo de percepción marginal que antes había descartado como fatiga ocular. Ahora, cada episodio le dejaba un regusto de inquietud.
Lo más preocupante era el frío. Un frío interno, ajeno a la temperatura ambiente. Sentía como si una astilla de hielo se hubiera alojado en su médula, en algún lugar entre el esternón y la columna. No era un frío que hiciera tiritar, sino uno silencioso, denso, que parecía absorber el calor de su alrededor. En las clases, en la biblioteca, en la mesa de los Ricci, a veces se encontraba frotándose inconscientemente el pecho, como si intentara masajear un entumecimiento profundo.
Intentó ignorarlo. Se dijo que era estrés postraumático, la sombra psicológica de una experiencia límite. Se obligó a hacer más ejercicio, a dormir horas regulares, a concentrarse con más ahínco en sus estudios de filosofía de la ciencia. Pero el frío interno persistía, y los sueños del corredor se repetían cada vez con más frecuencia, haciéndose más largos, más detallados en su austera monotonía.
Una noche, en casa de los Ricci, no pudo disimularlo. Aria, sirviendo la sopa, notó que palidecía de repente y que su mano temblaba ligeramente al coger la cuchara.
—Asher, ¿estás bien? —preguntó, su voz cargada de esa alerta materna que nunca se apagaba del todo.
—Sí, sólo tengo un poco de frío. —mintió él, forzando una sonrisa.
Lorenzo lo miró con sus ojos de técnico, analítico y preocupado.
—No es frío lo que hace fuera. —Hizo una pausa—. ¿Está pasando algo?
Bajo la mirada de ambos, la fachada se derrumbó. Asher les contó, avergonzado, sobre los sueños, los reflejos fugaces, el frío interno. No lo hizo con el dramatismo de los primeros descubrimientos, sino con el cansancio de quien teme estar retrocediendo.
Aria y Lorenzo intercambiaron una mirada. No era de pánico, sino de reconocimiento sombrío.
—El frío… —murmuró Aria, poniéndose pálida—. Hartley… los últimos meses, se quejaba de un frío que nada calentaba. Decía que era como si una parte de ella ya estuviera… en otro sitio.
—No has vuelto al observatorio, ¿verdad? —preguntó Lorenzo, su voz tensa.
—¡No! —negó Asher, alarmado—. Ni me he acercado. He hecho todo lo que dijimos. He vivido.
—No es eso —dijo Aria, sacudiendo la cabeza lentamente—. No se trata de lo que tú hagas. Es… la huella. El vínculo que se formó aquella primera noche, cuando tú la viste y ella te vio. No fue solo un avistamiento, Asher. Fue un reconocimiento mutuo. Ella se fue, sí. Pero el canal que se abrió… puede que no se cierre del todo. Puede que haya quedado una… abertura.
—¿Está diciendo que él… que esa cosa… todavía puede alcanzarme? —preguntó Asher, y el temor, real y visceral, le cerró la garganta.
—No de la misma manera —aclaró Lorenzo, pero su tono no era tranquilizador—. Hartley era el puente principal. Sin ella, su capacidad de proyectar imágenes o voces directamente es mucho menor. Pero si el canal está débilmente abierto, podría estar filtrando… sensaciones. Una presencia sutil. Una nostalgia de su lado. Es como una corriente de aire frío que entra por una rendija.
—¿Qué significa? —preguntó Asher, sintiendo cómo el frío en su pecho parecía intensificarse al hablar de ello.
—Podría significar que está intentando establecer un nuevo contacto, más débil, más lento —dijo Aria, sus dedos jugando nerviosamente con el mantel—. O… podría significar que parte de ti, sin querer, sin saberlo, extraña esa conexión.
Las palabras cayeron como una losa. ¿Era posible? ¿Podía una parte de su psique, fascinada por lo sublime y lo prohibido, añorar aquel vértigo, aquel sentido de propósito trascendental, por más peligroso que fuera? La idea le repugnaba, pero resonaba con un eco veraz en su interior.
Editado: 28.01.2026