El invierno se instaló con firmeza, llevando consigo noches largas y un cielo invernal, frío y despejado, que parecía acercar las estrellas. La luz de la Luna, reflejada en el suelo helado, adquirió una calidad vítrea y cortante. Para Asher, esa claridad invernal no era poética; era un recordatorio demasiado nítido. El frío interno se había convertido en un compañero constante, una nota de bajo apenas audible bajo la sinfonía de su nueva vida. Lo manejaba como se maneja un dolor crónico: con distracción, con calor externo, con la compañía de los Ricci y la creciente comodidad de su relación con Clouded.
Pero una noche, el equilibrio se rompió.
No hubo sueños. No hubo reflejos extraños. Fue algo físico, brutal en su simplicidad. Asher se despertó de un sueño profundo y común con un espasmo agonizante en el pecho. No era un ataque al corazón; era como si el frío que llevaba meses albergando se hubiera cristalizado de repente, convirtiéndose en una astilla de hielo afilada que le perforaba el esternón desde dentro. Jadeó, sin poder gritar, las manos aferradas a la camiseta sudada.
La habitación estaba oscura, pero por la ventana entraba la luz de la Luna llena, inusualmente intensa, proyectando un rectángulo glacial justo sobre su cama.
El dolor era cegador, pero peor era la sensación que lo acompañaba: una atracción. Un tirón físico, como si un imán gigante estuviera incrustado en la Luna y otro en el hielo de su pecho. No era psicológico. Era una fuerza palpable que amenazaba con arrancarlo de la cama, atravesar la ventana y arrastrarlo hacia esa luz plateada.
Con un esfuerzo sobrehumano, rodó fuera de la cama, cayendo al suelo frío de la habitación, fuera del rectángulo de luz lunar. El contacto con el suelo de madera, áspero y real, le devolvió un ápice de control. El tirón se atenuó ligeramente, pero el dolor punzante persistía.
Gateó, jadeando, hacia la mesilla de noche y agarró el teléfono.
Sus dedos, entumecidos por el frío interno, apenas podían marcar.
Llamó a Lorenzo. No contestó. Marcó el número de Aria. El tono sonó una, dos, tres veces interminables. Finalmente, una voz soñolienta y preocupada respondió: «¿Asher? ¿Qué pasa? Son las tres de la mañana».
—¡Ayuda! —logró forcejear, su voz un quejido ronco—. ¡Es… él! ¡Me está… jalando!
No necesitó más explicaciones. Oyó el jadeo de Aria al otro lado, y la voz de Lorenzo de fondo, ahora completamente despierto.
—¡Aguanta! ¡Ya vamos para allá! ¡No mires la Luna! ¡Cubre la ventana! —gritó Lorenzo antes de que colgaran.
Asher obedeció. Con movimientos torpes, se arrastró hasta el armario, sacó una manta pesada y, apartando la mirada del disco brillante en el cielo, la colgó de la cortinera, tapando la ventana. La habitación se sumió en una oscuridad más cálida, más protectora.
El tirón físico disminuyó hasta convertirse en un latido doloroso en el pecho, pero el hielo interno seguía allí, punzante.
Los minutos que siguieron fueron una eternidad de agonía y miedo puro. No era el temor a lo desconocido, sino el terror a lo conocido: la fuerza de la que Hartley le había hablado. No quería seducirlo con belleza esta vez. Quería tomarlo por la fuerza, usando el canal débil que aún existía como un gancho clavado en su alma.
Los faros de un coche iluminaron la rendija bajo su puerta. Oyó pasos precipitados subiendo las escaleras, un golpe en la puerta, la voz de Lorenzo:
—¡Asher!
Logró arrastrarse hasta la puerta y abrirla. Aria y Lorenzo, envueltos en abrigos sobre la ropa de dormir, irrumpieron en el departamento. Aria llevaba una bolsa de tela. Al verlo pálido, sudoroso y encogido de dolor en el suelo, su rostro se endureció con una furia maternal feroz.
—Lorenzo, las lámparas, todas —ordenó, y su marido corrió a encender cada luz, cada lámpara, inundando el pequeño espacio de un resplandor eléctrico y amarillento que nada tenía que ver con la luz de la Luna.
Aria se arrodilló junto a Asher.
—¿Dónde te duele?
Él señaló su pecho, incapaz de hablar. Ella asintió, abrió la bolsa y sacó no hierbas ni amuletos, sino objetos simples: una bufanda de lana gruesa que había pertenecido a Hartley, una vieja botella de agua termal que aún guardaba un poco de calor, y un pequeño radio transistor.
—Esto no es magia —dijo, mientras envolvía la bufanda, aún impregnada del leve aroma a detergente y nostalgia, alrededor de su cuello y pecho—. Es contrapeso. —Encendió la radio y sintonizó una estación de noticias a todo volumen. La voz grave y monótona de un locutor nocturno llenó la habitación, hablando de mercados bursátiles y tráfico matutino. El sonido era abrumadoramente mundano.
Lorenzo regresó, llevando una taza humeante.
—Té. Muy caliente. Con tres cucharadas de azúcar. Pura energía de combustión rápida. Bebe.
Asher lo hizo, a pesar de que le temblaban las manos. El líquido hirviendo le abrasó la lengua y le bajó por la garganta, creando una ruta de calor que se oponía al frío interno. El dolor punzante no desaparecía, pero el tirón físico, la sensación de ser arrastrado, se desvaneció bajo el asalto combinado de luz eléctrica, sonido mundano, calor líquido y el peso tangible de la lana alrededor de su cuello.
Editado: 28.01.2026