El Mirador de la Doncella no aparecía en los mapas de carreteras. Era un lugar de leyenda, una referencia vaga en guías de senderismo antiguas y en los márgenes de la historia local. La descripción de Elara Vance, que Lorenzo logró obtener del reticente profesor Croft tras una conversación tensa y cargada de advertencias, era escueta: «Una cresta de basalto con forma de rostro de perfil, orientada al punto de salida de la luna llena en el solsticio de invierno. Conocida por los lugareños como ‘el lugar donde la luz duerme en la piedra’».
Coordenadas aproximadas completaban el cuadro, señalando una zona agreste en las montañas al norte, lejos de cualquier ruta turística.
Prepararse para el viaje fue un ejercicio de pragmatismo febril. No se trataba de una expedición espiritual, sino de una misión de reconocimiento y, posiblemente, de confrontación. Lorenzo se encargó del equipo: mochilas, linternas de alta potencia, baterías, un geiger contador modificado para medir fluctuaciones electromagnéticas extrañas, y lo más importante: generadores de ruido blanco portátiles y calentadores químicos de manos. Su enfoque era el de un ingeniero que se prepara para adentrarse en un ambiente hostil: blindaje sensorial y fuentes de calor alternativas.
Aria preparó provisiones: comida densa en calorías, termos de café y sopa espesa, y la bolsa de «contrapesos»: más objetos de Hartley, velas de cera de abeja (por su calor vivo y su olor a tierra, insistía), y un pequeño altavoz con una lista de sonidos grabados: tormentas, ríos, el mercado abarrotado de la ciudad, la risa de Hartley de niña.
Asher, por su parte, se preparó mentalmente. Revisó los cuadernos de Hartley y las notas de Elara una vez más, buscando patrones, cualquier detalle sobre el mecanismo de la conexión, no solo su poesía trágica. Encontró, en una página marginada de Elara, una frase subrayada dos veces: «La interfaz no es pasiva. Se alimenta de la atención focalizada. La mirada fija es la cerradura. La intención es la llave».
No eran los místicos quienes abrían el umbral, comprendió entonces. Eran los intensamente enfocados. Los obsesivos. Los que, como Hartley en su amor o Elara en su búsqueda, dirigían toda la fuerza de su conciencia hacia la Luna con una intención pura (amor, curiosidad) que resonaba con la conciencia fría y receptiva del otro lado.
Él mismo, con su miedo y su fascinación, había estado alimentando esa cerradura sin saberlo. El «esclarecimiento» no era solo sobre encontrar un lugar, sino sobre entender el proceso que había que desactivar.
El viaje en el viejo todoterreno de Lorenzo fue silencioso, la tensión palpable. Salieron de madrugada, dejando atrás las luces de la ciudad y adentrándose en paisajes cada vez más escarpados y desolados.
El cielo, gris y bajo, prometía nieve.
El frío en el pecho de Asher era un latente recordatorio de su pasajero, un sismógrafo interno que reaccionaba a la proximidad de… algo.
Tras horas de carreteras secundarias y un último tramo por una pista forestal intransitable, llegaron al punto de partida del sendero. No había señales, solo un poste de madera gastado y una débil hendidura en el bosque de pinos.
El aire era tan quieto que el crujido de la escarcha bajo sus botas sonaba como cristales rotos.
La caminata fue ardua, ascendiendo por laderas cubiertas de piedra suelta y raíces retorcidas. La nieve comenzó a caer, copos gruesos y silenciosos que amortiguaban aún más el mundo. No hablaban, conservando la energía. Lorenzo iba a la cabeza, consultando un GPS y la brújula constantemente. Aria seguía, su respiración formando nubecitas en el aire frío, la mirada fija en la espalda de Asher, como si pudiera protegerlo con la fuerza de su voluntad.
Finalmente, el bosque se abrió. Emergieron en una meseta rocosa, barrida por el viento. Y allí, al borde de un precipicio que caía hacia un valle envuelto en niebla, estaba el Mirador.
Era exactamente como la descripción: una enorme proyección de basalto negro que se alzaba desde el borde del acantilado, su perfil inconfundiblemente parecido al de un rostro femenino de perfil, sereno y melancólico, mirando hacia el horizonte noreste. La piedra, lisa y oscura, parecía absorber la poca luz del día invernal.
No había nada mágico en su apariencia, solo una geología imponente y solitaria. Pero el silencio aquí era distinto. No era pacífico.
Era un silencio expectante, como el de una sala vacía justo antes de que empiece un concierto.
—Aquí. —murmuró Lorenzo, deteniéndose. Su geiger contador emitió un leve chasquido, no por radiactividad, sino por una fluctuación en el campo magnético local. El aire, varios grados más frío que en el sendero, olía a ozono y piedra mojada.
Asher se acercó al borde, junto a la base de la formación. El frío en su pecho se intensificó, no con dolor, sino con una presión sorda, como si el hielo interno resonara con la piedra. Miró hacia el horizonte, hacia donde la nariz de piedra de la «doncella» apuntaba. Según los cálculos, esa sería la dirección de la salida de la luna llena en el solsticio. Un eje perfecto, una alineación celestial capturada en la roca.
—Es un marcador —dijo Asher, su voz ronca por el frío y la emoción—. No es un templo. Es una… una mira. Como la de un rifle. La roca aquí apunta al momento y lugar exactos en el cielo donde la barrera es más fina. No es un lugar de poder intrínseco. Es un punto de mira.
Editado: 28.01.2026