El Hombre Enamorado de la Luna

CAPÍTULO 12 | Reputación.

Los años, Asher lo descubrió, tenían una forma curiosa de pulir las cosas, incluso los recuerdos más afilados. Lo que una vez fue una experiencia visceral y aterradora, con el tiempo se suavizó en los bordes, se transformó en una historia.

Y las historias, sobre todo si no se cuentan, empiezan a construir una reputación silenciosa a tu alrededor.

Se graduó con honores en Historia y Filosofía de la Ciencia. Su tesis, una exploración meticulosa y respetuosa de cómo las crisis personales de figuras como Drayson influyeron en sus teorías descartadas, fue elogiada por su «profunda empatía analítica». El término se repitió en las cartas de recomendación. Empezó a ganarse una reputación en círculos académicos pequeños pero influyentes: no como el genio que revoluciona un campo, sino como el erudito sensible que ilumina sus rincones más humanos. Era una reputación sólida, terrenal, construida sobre papel y reflexión, no sobre visiones nocturnas.

Trabajó un tiempo como investigador asociado en la universidad, y luego consiguió un puesto como profesor asistente en un pequeño college de artes liberales.

La ciudad era más pequeña, más tranquila. Las noches eran oscuras y las estrellas, brillantes.

La Luna, desde su nuevo patio trasero, era una compañera silenciosa y neutral.

Se casó con Clouded en una ceremonia sencilla en el jardín de los Ricci. Lorenzo fue su padrino, un hecho que hizo llorar a Aria de alegría durante todo el día. No hubo mención de otros invitados celestiales.

La reputación de Asher allí era la de un buen hombre, un académico un poco callado pero de corazón profundo, que había encontrado una familia en los suegros más devotos que se podían imaginar.

Guardó la caja con los manuscritos de Elara Vance y los cuadernos de Hartley en el altillo de su nueva casa. No la abrió. Sabía lo que contenía.

Era un archivo de lo extraordinario, y él había elegido, deliberada y felizmente, una vida ordinaria. Pero a veces, en ciertas noches de viento que hacía crujir la casa, o cuando la luz de la Luna llena se filtraba con un ángulo particular, sentía un leve cosquilleo en la antigua cicatriz de su memoria.

Ya no era miedo.

Era reconocimiento. Como el veterano que, al oír ciertos fuegos artificiales, recuerda otros estruendos, pero desde la seguridad inquebrantable del presente.

Su reputación como profesor creció. Los estudiantes lo apreciaban porque no les hablaba de fórmulas inamovibles, sino de los tropiezos, las pasiones y los errores de quienes las formularon. Hablaba de Kepler no solo como el hombre de las elipses, sino como el astrólogo que buscaba la armonía musical en los cielos. Hablaba de la Luna y su influencia en la cultura, en la poesía, en la locura. Lo hacía con una autoridad serena que solo puede venir de quien ha mirado de cerca el abismo de esa fascinación y ha regresado.

Una tarde, después de una clase particularmente conmovedora sobre el anhelo humano por lo sublime, una estudiante se le acercó. Era una chica callada, de ojos muy claros y una intensidad contenida que le recordó, con un leve pellizco en el corazón, a alguien.

—Profesor Leone —dijo, jugueteando nerviosa con la correa de su mochila—. Su clase de hoy… habló de cosas que a veces pienso. Sobre sentir que hay algo… más, en las cosas. Algo que llama. ¿Cómo… cómo se hace para estudiar eso sin perderse?

La pregunta era inocente, genérica. Pero el tono, la mirada fija en él buscando algo más que una respuesta académica, hizo que el antiguo instinto de Asher se activara. No el miedo, sino la responsabilidad.

La miró a los ojos, con una calma que había aprendido a fuerza de voluntad.

—La primera regla, Sarah —había memorizado los nombres de todos sus alumnos—, es anclar ese «algo más» a un «algo aquí». Estudia la poesía que inspiró, la física que intenta medirlo, la biología de la percepción. Pero sobre todo, cultiva tu vida. Ten amigos que te hagan reír de tonterías. Ayuda a tu vecino. Quema una pizza. El misterio es fascinante, pero la vida es el contrapeso que evita que te caigas dentro de él. —Hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado—. Si alguna vez sientes que ese «algo» te llama demasiado fuerte, que quiere que le dediques todo… ven a hablar conmigo. No como profesor, sino como alguien que… entiende la tentación de perderse en la luz.

La chica asintió, la tensión abandonando sus hombros.

—Gracias, profesor. Es solo que… a veces la Luna se ve tan cercana.

—Sí —dijo Asher, sin apartar la mirada—. Pero siempre está a 384.400 kilómetros. No olvides la distancia. Es una buena metáfora.

La estudiante se fue, y Asher se quedó un momento en el aula vacía. Su reputación, entendió, ya no era solo la de un erudito. Para algunos, para los que sentían la grieta, podría estar convirtiéndose en algo más: en un faro. Un faro que no señala hacia el misterio, sino de vuelta a la orilla.

Esa noche, cenando con Clouded, le contó el episodio.

—¿Te preocupó? —preguntó ella, conociéndolo demasiado bien.

—Me recordó que la reputación es una herramienta —reflexionó él—. Puede usarse para impresionar, para ascender… o para tender una mano a quien está en el mismo borde en el que tú estuviste. Esa chica no necesita un tratado de parapsicología. Necesita saber que se puede estar fascinado por el cielo y a la vez amar firmemente la tierra.



#813 en Fantasía
#379 en Thriller
#121 en Suspenso

En el texto hay: fantasia, romance, suspenso

Editado: 28.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.