El Hombre Enamorado de la Luna

CAPÍTULO 14 | Posible.

El otoño doró las hojas del arce en el jardín de los Ricci, pintando de oro lo que quedaba del verde. El tiempo, ese río que todo lo lleva, parecía fluir con más lentitud dentro de la casa de ladrillo visto, como si respetara el espacio sagrado que se había creado en su interior. Aria, envuelta en una manta de lana, pasaba las tardes en el sillón junto a la ventana, su mirada a veces clara y presente, otras veces perdida en paisajes interiores que solo ella podía recorrer.

Lorenzo era su ancla, su memoria externa, su rutina amorosa e inquebrantable.

Para Asher, la vida se había dividido en dos corrientes claras. Una, la de su hogar con Clara y su hija Elara, llena del bullicio de los primeros pasos, las preguntas incansables y los planes de futuro. La otra, la de la casa de los Ricci, un remanso de tiempo suspendido donde los cuidados eran el lenguaje principal.

Una tarde, mientras ayudaba a Lorenzo a cambiar las sábanas de la cama de Aria (una tarea que ahora requería una paciencia y una coordinación de dúo), Lorenzo se detuvo, una esquina de la sábana aún en la mano.

—Ella nunca quiso que esto fuera una carga —dijo, su voz baja pero firme—. Para nadie. Ni para Hartley, ni para nosotros, ni para ti.

—No lo es. —respondió Asher, sincero.

El cansancio estaba ahí, sí, físico y emocional, pero no era el peso de una obligación, sino la fatiga honrada del trabajo amoroso.

—Lo sé —asintió Lorenzo—. Pero aun así. Hay cosas que tenemos que hablar. Cosas sobre el futuro. Cuando ella… cuando yo…

No terminó la frase. No hacía falta. Asher lo miró a los ojos, y en la mirada del hombre más fuerte que había conocido vio, por primera vez, una petición de ayuda no para Aria, sino para sí mismo. Para el después.

—Estaré aquí —dijo Asher, simple y claro—. Para lo que necesites. Siempre.

—Es más que eso —Lorenzo soltó la sábana y se sentó en el borde de la cama—. Esta casa, estas cosas… nuestra historia. No puede terminar conmigo. Y no puede convertirse en un museo de fantasmas para ti. Tiene que… convertirse en algo más.

La palabra «posible» flotó en la habitación, sin ser pronunciada. Durante años, la narrativa de los Ricci había estado definida por una imposibilidad: la imposibilidad de traer de vuelta a Hartley, la imposibilidad de borrar el dolor, la imposibilidad de escapar por completo de la sombra de la Luna.

Ahora, frente a la otra gran inevitabilidad de la vida, Lorenzo estaba buscando una nueva posibilidad.

Una que honrara el pasado sin estar encadenada a él.

—¿Qué tienes en mente? —preguntó Asher, sentándose a su lado.

Lorenzo respiró hondo.

—La fundación. La Fundación Hartley Ricci.

Asher lo miró, sorprendido. No era el nombre inesperado, sino la concreción del concepto.

—No para investigar lo paranormal —aclaró Lorenzo rápidamente, como leyendo su mente—. Para lo contrario. Para apoyar a jóvenes, estudiantes, artistas, cualquiera que sienta esa… esa grieta, esa fascinación por los límites, por lo sublime, que pueda volverse peligrosa. Ofrecer becas para proyectos que anclen esa búsqueda en la realidad. Una residencia para un astrónomo poeta. Una beca para un biólogo que estudia la melatonina y los ciclos lunares. Ayuda psicológica para quienes se sientan abrumados por sus propias obsesiones. Algo que diga: «Tu curiosidad es válida, tu asombro es hermoso, pero aquí tienes herramientas, comunidad, un ancla». Algo que nosotros no supimos darle a Hartley a tiempo, y que tú… que tú encontraste por otros medios.

El plan, esbozado con la precisión de un ingeniero y el corazón de un padre, era hermoso. Era una posibilidad tangible nacida de una tragedia intangible.

Transformar el dolor en un recurso. El luto, en un puente.

—¿Y la casa? —preguntó Asher.

—Sería la sede —dijo Lorenzo—. No un santuario, sino un lugar de trabajo, de encuentro. Donde los becarios puedan venir, usar el estudio, caminar por el jardín, ver que es posible tener una historia pesada y aun así construir una vida con luz. Que el amor no siempre te salva, pero que a veces te da las herramientas para salvar a otros.

La emoción le cerró la garganta a Asher. Era la respuesta más perfecta, la más posible, a todo lo que habían vivido. No era cerrar el capítulo, sino darle una nueva dirección, una utilidad. Hartley, la eterna enamorada de la Luna, se convertiría en el nombre de un faro que ayudaría a otros a no naufragar en las mismas aguas.

—Es increíble, Lorenzo. —logró decir—. Clara y yo queremos ayudar. En todo. Con la legalidad, con la financiación, con lo que sea.

Lorenzo puso una mano en su hombro, una presión firme y agradecida. —Lo sé. Y por eso quiero que seas parte de la junta directiva.

No por obligación, sino porque tú encarnas la posibilidad. Eres la prueba viviente de que se puede pasar por el fuego y salir no sólo intacto, sino más fuerte, y usar esa fuerza para algo bueno.

El proyecto los consumió en los meses siguientes, pero de una manera distinta, energizante. Mientras seguían con los cuidados diarios de Aria, que parecía percibir la nueva energía y sonreír más a menudo en sus momentos de claridad, trabajaban en los estatutos, hablaban con abogados, con la universidad. Asher usó sus contactos académicos para darle credibilidad al proyecto.



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En el texto hay: fantasia, romance, suspenso

Editado: 28.01.2026

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