El hombre lobo y la vampira

Capitulo 3 : sueños -v3

Evangeline, al borde de la inconsciencia, sintió la suavidad de unas manos sobre su piel, proporcionando un extraño consuelo mezclado con dolor. A pesar de su lucha por mantenerse despierta, el susurro de una voz persistió, manteniéndola aferrada a la realidad. Sin embargo, la somnolencia la arrastró de nuevo hacia aquel lugar, donde la sangre fluía sin cesar y el aliento de su última víctima reverberaba en su ser. Sus manos manchadas de carmesí fueron limpiadas por un pañuelo, un fragmento teñido con el rojo de la vida que se desvanecía. Dudas asomaron, cuestionándose qué hacía allí mientras un grito agonizante imploraba clemencia. El remordimiento se alzó, "¿Qué he hecho?", deseaba huir, escapar, pero se encontraba atrapada en una espiral sin salida. ¿Por qué debía enfrentar esto? Y entonces, se elevó, contempló el panorama en su totalidad, la muerte como pincelada dominante.

Al aplicar vendas con una pasta de hierbas en la piel dañada, surgieron emociones complejas. Recordó un rostro más amigable en lugar del feroz orgullo de la vampira. Una tristeza profunda lo invadió al verla adolorida e indefensa. Observó cómo la piel recuperaba gradualmente su tono pálido. No lo asombró. Experimentó desconcierto cada vez que su tacto encontraba la piel de la vampira, tratando de negarlo pero sabiendo perfectamente que era imposible. Su corazón latía ejerciendo presión. La intensidad aumentó cuando terminó y se detuvo a contemplarla. Observó por un momento más los labios delicados y sensuales de la vampira, los pechos que se veían suaves y sedosos debido a la piel que no cubría del todo aquel camisón. Aquellas partes que no estaban dañadas eran apreciables de ver. La desnudez que no ocultaba la fina tela lo excitó sobremanera, pero apartó la vista antes de deslizarse en las sombras y dejarla descansar.

En medio de un sueño oscuro y envolvente, Evangeline experimentó sueños confusos teñidos de sombras y destellos de luz. La figura severa de su padre la perturbó, y su presencia se convirtió en una fuente de inquietud. La sensación de no encajar en su entorno fue angustiante. No sabía por qué debía ser la ejecutora de esas vidas, a excepción de una figura misteriosa que parecía dar sentido, pero que ya no existía. Despertó con una palabra en los labios.

—Dere —dijo de golpe pero se obligó a que el nombre se olvidara. Era consciente de que estaba en una sala al frente de un fuego de la chimenea.

—La señorita ha despertado.

Evangeline volteó y vio a una mujer en la penumbra.

—Aquí tiene su ropa. El señor Fenrir la espera para desayunar.

No le sorprendió conocer el nombre del hombre lobo hasta ahora, tenía que poner orden en su cabeza.

—¿Cuánto tiempo estuve dormida? —preguntó Evangeline.

—Un día.

—Un día —susurró— ¿Me cambiaré aquí? —dijo al ver el vestido tendido en el otro sillón.

—El señor dijo que no tendría problemas y que estaría con hambre.

Evangeline se debatía en cuanto al comportamiento que debería adoptar para desentrañar las respuestas sobre lo que había acontecido con ella y la inusual sensibilidad del sol sobre su piel. Él, por su parte, no parecía mostrarse tan preocupado; no, eso definitivamente no concordaba con la naturaleza de aquel lobo. Aun así, este presentaba un matiz distinto, con razones de dudosa procedencia. El hecho era que el sol había causado estragos en su piel y aún lo sentía, pero podía erguirse. Solo quedaban pequeñas marcas que comenzaban a desaparecer, un indicio seguro de la presencia del veneno de la flecha que la había detenido en la batalla en los límites de Eldermir, causando su incapacidad para reaccionar. Había descartado que fuera a causa del lobo. Se encontraba en una situación complicada. Por lo tanto, debía proceder con cautela, actuar con astucia y obtener información de ese lobo indomable, ademas debia dar freno a propio orgullo con esa sonrisa descarada del hombre lobo.
 

El comportamiento de su salvaje anfitrión no dejó anonadada a Evangeline. No solo aceptó la invitación de Fenrir por necesidad de alimento, había algo más profundo que la impulsaba. Buscaba respuestas, anhelaba descubrir más sobre este enigmático hombre lobo y las razones detrás de su inusual situación. Se enfundó en aquel vestido delicado y tela pavorosa, distinto a su estilo práctico.

Al entrar en la habitación, se encontró con Fenrir, que parecía estar a sus anchas. Su camisa medio puesta dejaba entrever los músculos que denotaban su naturaleza de hombre lobo. Aunque no podía negar la belleza salvaje de su especie, Evangeline mantenía su desprecio oculto bajo una fachada de cautela. Pero le impresionaron aquellos ojos que la inspeccionaban de arriba abajo. Un sentimiento la impulsó a avanzar y retar esos ojos belicosos.

—Al fin despertó nuestra vampira favorita.

Tomó asiento con elegancia, observando a su alrededor mientras una mujer servía la comida. No pasó desapercibido para Evangeline que la mujer lanzaba miradas coquetas a Fenrir, y este parecía disfrutar de la atención sin hacer nada por ocultarlo. Una danza de coquetería estaba en juego, y la vampira no pudo evitar sentir una mezcla de irritación y curiosidad ante la dinámica entre ellos dos. Le molestaba la evidente atracción que Fenrir generaba, pero por otro lado, esa misma dinámica podría brindarle la oportunidad de obtener respuestas. No, eso no podía ser. Sería muy despreciable por parte de una vampira sucumbir a necesidades básicas.

Mientras la comida era servida, Fenrir finalmente dirigió su atención hacia Evangeline, sus ojos dorados encontrando los suyos con una chispa de diversión. Era como si estuviera consciente del conflicto interno que ella estaba experimentando.

—Espero que el vestido sea de tu agrado — dijo Fenrir con una sonrisa juguetona, refiriéndose al atuendo que Evangeline llevaba.

Evangeline levantó una ceja, manteniendo su expresión serena a pesar de la incomodidad que sentía. No iba a caer en su juego.




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